Pecados Respetables: Egoismo

egoismoPodemos ser muy conocedores de la teología y correctos en nuestra moralidad pero ser un fracaso en demostrar las virtudes del carácter cristiano al cual Pablo llamó el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23). Podemos ser ortodoxos en nuestra teología y sobrios en nuestra moralidad y aun así estar tolerando en nuestra vida algunos de los pecados sutiles y “aceptables” de los que hemos hablado. Creo que todos tenemos “puntos ciegos”, defectos de carácter, o pecados sutiles de los cuales no estamos conscientes. Quiera Dios que los enfrentemos, en especial el egoísmo que hay en nosotros.

Al estudiar este pecado, será de mucha ayuda comenzar presentando la verdad de que hemos nacido con una naturaleza egoísta. Aún después de llegar a ser cristianos, todavía poseemos la carne que batalla contra el Espíritu y una de sus manifestaciones as el egoísmo. Es difícil exponer el egoísmo porque es más fácil detectarlo en los demás que en nosotros mismos. Además, hay distintos grados de él así como de la sutileza que empleamos al demostrarlo. El egoísmo de una persona podría ser burdo y obvio. En general, a alguien así no le importa lo que los demás piensen de él. Sin embargo, en la mayoría de nosotros sí nos importa la opinión de los otros, así que nuestro egoísmo es más delicado y refinado.

El egoísmo se demuestra en muchas maneras, pero voy a centrarme en cuatro áreas que podemos observar en nuestra vida como creyentes.

mis interesesLa primera es el egoísmo que se relaciona con nuestros intereses. “no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Filipenses 2:4). Cuando usó las palabras “lo de los otros,” Pablo se estaba refiriendo, sin lugar a dudas, a las preocupaciones y necesidades de los demás. ¿Cuáles son las cosas que nos interesan? _________________

Usando cualquier ejemplo específico podemos ilustrar nuestra tendencia de centrarnos de tal modo en nuestros asuntos que mostramos poco o ningún interés en los de los demás. Una buena prueba para medir el grado de egoísmo que muestra por sus intereses sería que reflexionara en alguna conversación que haya sostenido con alguna persona (o pareja). Pregúntese cuánto tiempo pasó hablando de sus intereses comparado con el tiempo que invirtió en hablar de los de la otra persona. El egoísmo demuestra que lo único que nos preocupa son nuestros asuntos. En 2 Timoteo 3:11-5, Pablo da una lista de pecados realmente grotescos que se manifestarán en “los últimos días”, es decir, nuestra época actual. El amante de sí mismo es una buena descripción de un egoísta. Está preocupado sólo en sí mismo y sus conversaciones lo reflejan.

tiempoUna segunda área donde se demuestra el egoísmo es en cuanto a nuestro tiempo. Este es un don precioso y cada uno de nosotros poseemos sólo una cantidad determinada de él cada día. Todos estamos muy ocupados, así que es muy fácil volvernos egoístas con nuestro tiempo. Podemos ser demasiado egoístas con nuestro tiempo y también podemos serlo queriendo tomar innecesariamente el tiempo de los demás. En cualquier caso, estamos pensando solamente en nosotros y nuestras necesidades. Es raro escuchar a alguien decir: “yo haré tal cosa por ti”. No obstante la Biblia dice “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2). Esto incluye que podemos hacer algo más por alguien que sólo lo que nos corresponde.

scrooge-mcduck-make-it-rainUna tercera área donde se expresa el egoísmo es con nuestro dinero. Este es un tema especialmente crucial para los creyentes. El apóstol Pablo escribió en Romanos 12:15, “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.” Y el apóstol Juan escribió en 1 Juan 3:17, “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” Si los tomamos juntos, estos versículos nos dicen que debemos tener corazones compasivos hacia los que están en necesidad y luego debemos poner esa compasión en acción por medio de nuestras contribuciones. Debemos ser buenos mayordomos del dinero y no gastar todo, o la mayoría, en nosotros. Hacerlo así es ser egoísta con nuestro dinero y evidenciamos que no nos interesan las necesidades de los demás.

colectivoLa cuarta área de egoísmo que estudiaremos es la desconsideración. Esta característica puede mostrarse de varias maneras. La persona desconsiderada nunca piensa en el impacto que sus actos pueden tener sobre las demás personas. Cuando somos indiferentes al impacto que tienen nuestras acciones sobre los demás, estamos siendo egoístas y desconsiderados porque sólo pensamos en nosotros. También podemos ser desconsiderados en cuanto a los sentimientos de los demás. La persona cuya actitud es “digo lo que pienso, pésele a quien le pese” es desconsiderada y egoísta.

Entonces, una persona que no es egoísta siempre equilibra sus necesidades y deseos con los de los demás. Sospecho que todos tenemos inclinaciones egoístas de una u otra manera, porque todavía vivimos en la carne pecaminosa que libra una batalla contra nuestra alma. Así que, por favor, no deseche este estudio como si no aplicara a usted.

Estudio del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges.

Pecados Respectables: El Orgullo

fariseoDe todos los personajes desagradables de la Biblia, probablemente ninguno sea tan repulsivo como el fariseo que se creía muy justo en la parábola de Jesús. Él oraba en el templo diciendo; “…Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano” (Lucas 18:11). Pero la ironía es que, al condenar a ese orgulloso fariseo, podemos caer fácilmente en la misma actitud de creernos muy justos.

En esta lección trataremos el pecado del orgullo, pero no del orgullo en general, sino de ciertas expresiones que son una tentación muy particular para los creyentes. Se trata del orgullo de creernos muy justos, de pensar que tenemos la doctrina correcta, de ser exitosos, o de tener un espíritu independiente. Uno de los problemas del orgullo es que podemos verlo en otros, pero no en nosotros. Estoy muy consciente de las palabras de Pablo cuando dijo: “Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas?” (Romanos 2:21).

orgullo

ORGULLO POR CREERNOS MUY MORALES

Es fácil cometer este pecado de la superioridad moral y de auto-justicia en la actualidad, cuando la sociedad en general comete abiertamente o condona pecados flagrantes tales como la inmoralidad, los divorcios fáciles, el estilo de vida homosexual, el aborto, el alcoholismo ya drogadicción, la avaricia y otros pecados escandalosos. Pero dado que nosotros no cometemos esos pecados tendemos a sentirnos moralmente superiores y vemos con desdén y rechazo a quienes sí los cometen. Puedo aventurarme a decir que, de todos los pecados sutiles que trataremos en este estudio, el más común de todos es el orgullo a la superioridad moral, y sólo le gana el pecado de la impiedad. ¿Cómo podemos guardarnos de caer en este pecado? Primero, desarrollando una actitud de humildad basada en la verdad que dice que “por la gracia de Dios soy lo que soy”. Todos deberíamos decir con David: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.” (Salmo 51:5). Otro medio por el cual podemos evitar el orgullo de sentirnos mejores es identificándonos con el Señor ante la sociedad pecaminosa en que vivimos, “y dije: Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo” (Esdras 9:6). Al ver hoy en día a la sociedad en su degradación moral, necesitamos asumir la actitud de Esdras. Hacerlo nos ayudará a no caer en la tentación de creernos justos.

ORGULLO DE TENER LA DOCTRINA CORRECTA

Íntimamente relacionado con el anterior, está el orgullo doctrinal. Consiste en creer que nuestra doctrina es la única correcta y que cualquiera que crea algo diferente tiene una teología inferior. Aquellos que nos preocupamos por la doctrina somos muy susceptibles a caer en esta forma de orgullo. En otras palabras, esta forma de orgullo se basa en la ignorancia; creemos que nuestro sistema particular de creencias, cualesquiera que sean, es el correcto y adoptamos una actitud de superioridad espiritual sobre los que creen otra cosa. “En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Corintios 8:1). Pablo estaba de acuerdo con su “conocimiento”; es decir, con la creencia doctrinal respeto a no comer carne sacrificada a los ídolos, pero los acusó de orgullo doctrinal; su “conocimiento” los había envanecido. Si su convicción – ya sea calvinista, arminiana, dispensacionalista – o su posición respecto a los últimos tiempos, o su rechazo a cualquier posición doctrinal le hacen sentirse superior a quienes tienen otros puntos de vista, entonces usted está cometiendo el pecado de orgullo doctrinal.

ORGULLO DEL ÉXITO

“El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada” (Proverbios 13:4). El apóstol Pablo exhortó a Timoteo en cuanto a su ministerio: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15). Las escrituras también enseñanza que el éxito en cualquier área está bajo el control soberano de Dios. “Jehová empobrece, y él enriquece; abate, y enaltece” (1 Samuel 2:7). La capacidad de victoria o éxito en cualquier área proviene, en última instancia, de Dios. Desde el punto de vista humano, podría parecer que hemos triunfado como resultado de nuestra gran tenacidad y trabajo arduo. Pero, ¿quién nos dio ese espíritu emprendedor y el buen juicio para los negocios que nos permitió lograrlo? Dios. “Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7) Por lo tanto, ¿qué tiene usted que no haya recibido? Nada.

Otro aspecto del orgullo del éxito es el deseo desmedido de que se nos reconozca. ¿Cuál es nuestra actitud cuando hacemos bien un trabajo específico y no recibimos reconocimiento? ¿Estamos dispuestos a quedar en el anonimato, trabajando para el Señor, o nos ponemos furiosos por la falta de alabanza? “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos” (Lucas 17:10).

ORGULLO DE TENER UN ESPÍRITU INDEPENDIENTE

Este se expresa en dos áreas principales: la resistencia a la autoridad, especialmente a la espiritual, y la enseñanza. Por lo general estas dos actitudes van de la mano. Cuando somos jóvenes tendemos a pensar que lo sabemos todo. “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso” (Hebreos 13:17).

Estudio del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges.

Pecados Respetables: La Ingratitud

tenth leperLucas registra una ocasión en la que Jesús se encontró con diez leprosos. Véase Lucas 17:13-19. Cuando leemos esta historia pensamos: ¿Cómo pudieron aquellos nueve hombres ser tan malagradecidos y no volver a darle gracias a Jesús? Sin embargo, muchos de nosotros somos culpables del mismo pecado de ingratitud.

Espiritualmente hablando, nuestra enfermedad era mucho peor que la enfermedad física de la lepra. No estábamos enfermos; estábamos muertos espiritualmente. Pero en su gran misericordia y amor, Dios nos atrajo hacia sí mismo y nos dio vida espiritual (Ef. 2:1-5). Además, perdonó nuestros pecados a través de la muerte de su Hijo y nos cubrió con la justicia impecable del mismo Jesucristo.

El hecho de haber recibido la vida espiritual de Jesús es un milagro mucho más grande y sus beneficios son infinitamente mayores que haber sido sanados de la lepra. No obstante, ¿cuántas veces hemos dado gracias por nuestra salvación? ___________

Y si ha dado gracias, ¿lo hizo de manera superficial, como cuando mucha gente agradece por los alimentos, o fue una expresión sincera de gratitud por lo que Dios hizo a favor suyo en Cristo? ___________

La verdad es que toda nuestra vida debería ser una constante acción de gracias. “ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hechos 17:25).

Todo lo que somos y tenemos es un don de él.

Necesitamos estar atentos a la advertencia que Dios hizo a los Israelitas (Deut. 8:11-14, 17, 18).

La mayoría de la gente [espiritual] reconoce que todo lo que posee proviene de Dios, pero, ¿cuán a menudo hace una pausa para agradecérselo? __________________

expresarte_mi_gratitudUno de los pecados “aceptables” es no agradecer a Dios la provisión temporal y las bendiciones espirituales que nos ha prodigado ricamente, porque damos por hecho que las merecemos. Es más, demasiados cristianos no pensarían que este es un pecado. Sin embargo, Pablo describe a la persona controlada por el Espíritu y dice: “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef. 5:20).

Dar gracias al Creador por Sus bendiciones físicas y espirituales no es sólo algo amable que hacemos, sino que es la voluntad moral de Dios. Si no le damos a él lo que merece, entonces pecamos.

La vida está llena de eventos que nos retrasan, nos importunan, obstruyen y bloquean alguno de nuestros planes. En medio de ellos, debemos luchar contra la ansiedad y frustración. Pero cuando Dios nos da la salida, o cuando vemos su mano librándonos de la posibilidad de un evento parecido, debemos tomar un tiempo especial para agradecérselo.

¿En Todas Las Circunstancias?

¿Debemos dar gracias a Dios cuando las circunstancias no resulten como nosotros esperábamos?

La respuesta es _____ por diferentes razones (1 Tes. 5:18). Pablo nos instruye a dar gracias EN toda circunstancia, aun por las que no sentimos gratitud. ¿Nos está pidiendo Pablo que demos gracias obligadamente y sólo por la fuerza de voluntad cuando nos sentimos realmente decepcionados? ________

La respuesta a la pregunta radica en las promesas divinas que encontramos en Romanos 8:28-29 y 38-39.

Pablo está diciendo que el Señor quiere que todas nuestras circunstancias, sean buenas o sean malas (pero en el contexto que Pablo tiene en mente, está hablando específicamente de las malas), sean un instrumento de santificación para hacernos crecer más y más a la semejanza de Jesús.  Así que en situaciones que no resultan de la manera que esperamos, debemos darle gracias a Dios porque él usará esa situación de alguna manera para desarrollar en nosotros el carácter cristiano.

En resumen, debemos tratar de desarrollar el hábito de dar gracias a Dios constantemente. Pero por sobre todas cosas, debemos agradecerle nuestra salvación y las oportunidades que tenemos para crecer espiritualmente y ministrar.

Asimismo, debemos darle gracias por la abundancia de bendiciones materiales que nos provee. Y luego, cuando las circunstancias se tornan amargas y las cosas no resulten como hubiéramos querido, debemos hacerlo por fe, por lo que él está haciendo a través de las circunstancias para transformarnos a la imagen de su Hijo.

“Cuando muere la gratitud sobre el altar del corazón del hombre, aquel es casi sin esperanza”

Bob Jones

Estudio del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges.

Pecados Respetables: Falta de Contentamiento

contentamientoEl descontento es el sentimiento que surge cuando las circunstancias adversas se prolongan sin cambio alguno y no podemos hacer nada para modificarlas. Es un hecho que las advertencias más frecuentes de la Biblia contra el descontento tienen que ver con el dinero y las posesiones, pero aquí me gustaría hablar de un tipo de descontento que tal vez es más común entre los cristianos comprometidos con Dios. Es decir, la actitud que resulta de circunstancias que se alargan sin cambiar y que se convierten en una prueba para nuestra fe.

> Un empleo que no satisface o por el que recibe un salario bajo

> Soledad en la edad madura o vejez

> Infertilidad

> Infelicidad en el matrimonio

> Discapacidad física o salud precaria…  y hay otras.

Sus circunstancias quizá sean mucho más difíciles que las que me han tocado vivir, pero la verdad es que lo que determina si tenemos falta de contentamiento o no, es nuestra reacción a las circunstancias y no tanto el grado de dificultad de ellas.

A fin y a cabo el descontento es un pecado.

El propósito fundamental de este estudio es ayudarnos a enfrentar la presencia de muchos de los pecados sutiles que hay en nuestra vida y reconocer el hecho de que los hemos ido tolerando y aceptando cada vez más.

Salmo 139:16 puede ayudarnos a enfrentar las circunstancias que pueden tentarnos a estar descontentos.

Mi embrión vieron tus ojos,
Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas
Que fueron luego formadas,
Sin faltar una de ellas.

Salmo 139:13 dice lo siguiente para quienes viven con discapacidades físicas.

Porque tú formaste mis entrañas;
Tú me hiciste en el vientre de mi madre.

Job 1:21 nos ayuda cuando nos toca experimentar la decepción terrible y humillante.

y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.

Al tratar con la falta de contentamiento, probablemente he tocado fibras sensibles. Quizá la situación se agrava más porque he dicho que la falta de contentamiento es pecado. Tal vez usted está pensando: si él conociera mí situación, no sería tan radical ni me sermonearía. Es verdad, no conozco su situación particular, pero he luchado contra la falta de contentamiento y se ha esforzado por vencerla con las verdades bíblicas.

Estudio del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges.

Pecados Respetables: Ansiedad Y Frustración

La vida es difícil y, en ocasiones, muy dolorosa. Si estuviera de vacaciones y mi auto se descompusiera en el camino, sería una situación difícil de afrontar. Si fuera víctima de un accidente y quedara discapacitado, sería muy doloroso. Por supuesto sabemos que hay diferentes grados de dificultades y, hasta cierto punto, también de dolor. Los problemas se dan en el contexto de las actividades rutinarias de la vida y las responsabilidades cotidianas, pero el dolor es provocado por eventos fuera de lo común. Así que, en este capítulo nos vamos a enfocar en las dificultades de la vida diaria y cómo reaccionamos con frecuencia ante la ansiedad y la frustración.

ansiedadAnsiedad

Hace algunos años busqué en todo el Nuevo Testamento cuáles son las cualidades de carácter cristiano que se enseñan por precepto o por medio de ejemplos. Encontré que son veintisiete. No le sorprenderá saber que el amor es el que menciona más (50 veces). Pero sí le sorprenderá saber que la humildad le sigue muy de cerca (40 menciones). No obstante, lo que en realidad me asombró más fue saber que la confianza en Dios en todas las circunstancias de nuestra vida se encuentra en tercer lugar (13 veces). Lo opuesto de confiar en Dios se manifiesta en alguna de estas dos actitudes: ansiedad o frustración. El pasaje más prominente en el que enseña sobre el tema es Mateo 6:25-34, pues usa la palabra afán seis veces. Otra expresión que el Señor Jesús utilizó en cuanto a la ansiedad es: “No temáis”, o “no tengan miedo” (ej. Mt. 10:31; Lc. 12:7). Pablo reforzó esta amonestación acerca de la ansiedad en Filipenses 4:6. Y Pedro nos exhortó en I Pedro 5:7. Cuando usted y yo decimos a alguien “no te anfanés” o “no temés” tratamos de amonestarlo y darle ánimo. Pero cuando Jesús (o Pablo o Pedro) nos dicen: “No os afanéis”, lo hacen con la fuerza de un mandato moral. Es decir, la voluntad moral de Dios es que vivamos sin ansiedad. O, para decirlo de manera más explícita, la ansiedad es un pecado.

Es pecado por dos razones. Primero, cuando somos presa de la ansiedad, mostramos que creemos que el Altísimo no puede cuidar de nosotros y que no lo hará en la circunstancia que nos está preocupando. [Segundo] El afán es pecado porque significa que rechazamos la provisión divina en nuestra vida. La provisión de Dios puede definirse de forma sencilla diciendo que Él prepara todas las circunstancias y eventos del universo para gloria de Él y beneficio de su pueblo. Tendemos a centrarnos en las causas inmediatas que nos provocan ansiedad en vez de recordar que ellas están bajo el control soberano de Dios. Puesto que he tenido que luchar con la ansiedad en [cierta] área de mi vida, he llegado a la conclusión de que mi ansiedad no se debe a que desconfío de Dios, sino a mi falta de voluntad de someterme y aceptar con gozo su agenda para mi vida. El mandato de Pablo de no estar afanosos va acompañado de la instrucción de orar en cualquier situación que nos tiente a estar ansiosos Filipenses 4:6. Puede que usted sea o no tentado con frecuencia a caer en la ansiedad como yo. Pero si así fuera, ¿puede usted reconocer cuáles son las circunstancias que lo hacen ponerse ansioso?

frustracionFrustración

Un pecado relacionado con la ansiedad es el de la frustración. Por un lado, la ansiedad incluye el temor, pero la frustración implica estar a disgusto o enojado por cualquier cosa o persona que se interponga en nuestros planes. No acepto la actuación invisible de Dios en cualquier cosa que enciende mi frustración. En el calor del momento, tiendo a no pensar en el Señor sino que me enfoco en la causa inmediata de mi frustración. El pasaje de la Biblia que me ha ayudado a enfrentar la frustración es el Salmo 139:16. “Todo aquello” se refiere no sólo a todos los días de mi vida, sino que incluye los eventos y circunstancias de cada día. Este pensamiento produce gran ánimo y consuelo. Así que cuando algo sucede que me produce frustración, puedo citar el Salmo 139:16 y decirle a Dios: “Esta circunstancia es parte de tu plan para mi vida en  este día. Ayúdame a reaccionar con fe, de manera que honre tu nombre y tu voluntad providencial. Y, por favor, dame la sabiduría para saber cómo enfrentar esta situación que me está provocando frustración”. Observe cuales son los recursos que podemos utilizar para afrontar la circunstancia que nos produce frustración: la aplicación específica de las Escrituras y la dependencia del Espíritu Santo expresada a través de la oración; estos nos ayudan a responder de manera piadosa. A continuación, pidámosle sabiduría práctica para saber cómo enfrentar la situación. En ocasiones Dios utiliza eventos que nos producen frustración para llamar nuestra atención o para ayudarnos crecer en un área específica.

La ansiedad y la frustración son pecados. No debemos tomarlas a la ligera o minimizarlas considerándolas sólo reacciones para enfrentar los acontecimientos difíciles de este mundo caído. Es cierto que nunca lograremos completa libertad de la ansiedad o frustración en esta vida. Pero tampoco debemos aceptarlas como parte de nuestro temperamento.

 Adaptado del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges

Pecados Respetables: Impiedad

corazón-con-alambre-de-púas-19492884Cuando hablo sobre el tema de las áreas específicas de pecados honorable, algunos dicen que el orgullo es la causa y raíz de todos ellos. Sin embargo, creo que existe otro pecado que es aún más básico, más común y que tal vez es la verdadera raíz de todos los demás. Se trata del pecado de la impiedad y en mayor o menor grado, todos somos culpables de él. ¿Le sorprende esta declaración o quizá se siente ofendido por ella? Nunca pensamos de nosotros mismos como gente impía. Después de todo, somos cristianos, no somos ateos o gente malvada. Asistimos a la iglesia, evitamos caer en pecados escandalosos, llevamos vidas muy respetables. Según nuestro modo de pensar, los impíos son los que viven vidas abiertamente inmorales. Entonces, ¿cómo puedo yo decir que todos los creyentes somos impíos en cierto grado?

     Contrario a lo que generalmente se piensa, la impiedad y la maldad son diferentes. Alguien pude ser un ciudadano amable y respetable y, al mismo tiempo, ser impío (Rom. 1:18). Observe que el apóstol Pablo hace una diferencia entre impiedad e injusticia. La impiedad describe una actitud hacia Dios. Un ateo o un secularista declarado es una persona obviamente impía, pero también lo son muchas personas moralmente decentes aun cuando afirmen que creen en Dios. La impiedad puede definirse como un estilo de vida que no toma en cuenta a Dios, ni su voluntad, ni su gloria, ni la dependencia de Él. Así que fácilmente podemos ver que alguien puede tener una vida muy respetable y seguir siendo un impío en el sentido de que Dios es totalmente irrelevante en su vida. Todos los días andamos entre tales personas. Quizá van a la iglesia varias horas el domingo, pero viven el resto de la semana como si Dios no existiera. Lo triste de esto es que muchos creyentes también tendemos a vivir sin pensar en Dios. En raras ocasiones pensamos en nuestra dependencia de Él o en nuestra responsabilidad para con Él. En ese sentido, no hay diferencia alguna entre nuestro prójimo amable y decente, pero incrédulo, y nosotros.

     Si leemos con cuidado el NT podremos reconocer cuán lejos estamos de vivir a la altura del estándar bíblico de la piedad (Stg. 4:13-15). El apóstol Santiago no condenó a la gente por hacer planes. Lo que sí condenó es que lo haga sin reconocer que depende del Omnipotente. Hacemos nuestros planes sin reconocer nuestra total dependencia del Señor para llevarlos a cabo. Esa es una manifestación clara de impiedad. De la misma manera, pocas veces pensamos en la responsabilidad que tenemos ante Dios de vivir de acuerdo a su voluntad moral según se revela en las Escrituras. Pocas veces pensamos en la voluntad divina (Col. 1:9-10). El apóstol Pablo quiera que los colosenses fueran gente piadosa. ¿Se parecen las oraciones que hacemos por nosotros, nuestra familia y amigos a la de Pablo a favor de los colosenses? ¿O son más como una lista de peticiones que presentamos a Dios para que intervenga en las necesidades físicas y económicas de nuestros familiares y amigos? Nuestras oraciones se centran en lo humano, no en Dios, y en ese sentido somos impíos hasta cierto punto.

     Según el apóstol Pablo, debemos vivir pensando que estamos en la presencia de Dios buscando agradarlo en todo. Por ejemplo, observe lo que el mismo apóstol dijo a los esclavos de la iglesia de Colosas en cuanto a cómo debían servir a sus amos para ser piadosos (Col. 3:22-24). El v. 23 establece el principio de que debemos esforzarnos para vivir piadosamente en el contexto de nuestra vocación o profesión. ¿No es verdad que en lugar de ello [muchos creyentes] desempeñan su trabajo como sus compañeros incrédulos o impíos que sólo lo hacen para sí mismos, para que los asciendan o les aumenten el sueldo, sin la menor intención de agradar a Dios?

     O consideremos a la iglesia de Corinto (I Cor. 10:31). La palabra todo en el enunciado significa que se trata de todas las actividades del día. Ese es el distintivo de una persona piadosa. ¿Qué significa hacer todo para su gloria? Significa que cuando comemos, manejamos, compramos o nos relacionamos con los demás, tenemos una meta doble. Primero, deseamos hacer todo lo que agrada a Dios. En segundo lugar, hacer todo para la gloria de Dios significa que deseamos que todas las actividades del día honren a Dios ante los demás (Mt. 5:16). ¿Anhelamos de manera consciente y en oración darle gloria en lo que decimos o hacemos cada día? ¿O actuamos sin tener consciencia del Creador? Alguien puede ser moral y correcto y estar ocupado en el servicio cristiano, pero aun así puede mostrar poco o ningún interés en tener una relación íntima con Dios. Esa es una de las evidencias de la impiedad.

     La pregunta que debemos hacernos de manera honesta es la siguiente: ¿Cuan impío soy? ¿Cuántas actividades diarias realizo que no tienen relación con el Señor? Si nuestro hábito impío de pensar es parte integral de nosotros, ¿cómo podemos confrontarlo? Pablo escribió a Timoteo: “Ejercítate para la piedad” (I Tim. 4:7). El entrenamiento implicaba, entre otras cosas, compromiso, consistencia y disciplina. Nuestra meta en la búsqueda de la piedad debe ser vivir conscientes de que estamos ante la presencia de Dios cada segundo de nuestra vida, que somos responsables ante Él y que a Él daremos cuentas. Ore para que Dios lo ayude a ser más consciente de que vive cada día ante sus ojos que todo ven.

ver. 1 tim. 4.7 ejercitate en la piedad

Adaptado del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges

Pecados Respetables: Instrucciones para Confrontar Nuestros Pecados

pecados respectables

Hemos visto cuál es el remedio para el pecado así como el poder del Espíritu Santo que actúa a nuestro favor. También vimos que debemos participar activamente para enfrentar nuestra iniquidad. El Apóstol Pablo escribió que debemos “hacer morir” las diferentes expresiones del pecado en nuestra vida:

“Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Rom. 8:13).

“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Col. 3:5).

Esto abarca tanto los pecados evidentes que tratamos de evitar, así como los que son más sutiles y tendemos a ignorar. No es suficiente con aceptar que en efecto toleramos algunos de ellos. Tal vez nuestra actitud es como la de otros que dicen: “después de todo, nadie es perfecto”. Pero enfrentar honestamente esos pecados es muy diferente. No podemos continuar ignorándolos como en el pasado.  Antes de estudiar algunas áreas específicas de los pecados aceptables de los creyentes, quisiera presentar algunas instrucciones en cuanto a cómo confrontarlos.

1. Siempre debemos poner cualquier pecado bajo la luz del evangelio.

Nuestra tendencia es que tan pronto como comenzamos a trabajar en un área de pecado en nuestra vida, olvidamos el evangelio. Olvidamos que Dios ya ha perdonado ese pecado gracias a la muerte de Cristo.

“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Col. 2:13-14).

El Señor ha perdonado nuestros pecados, pero no solo eso sino que ha acreditado a nuestra cuenta espiritual la justicia perfecta de Cristo. En todas las áreas de la vida en las que hemos desobedecido Jesús fue perfectamente obediente. Él fue crucificado por nuestros pecados. Tanto en su vida sin pecado como en su muerte expiatoria, Jesús fue perfectamente obediente y justo, y esa es la que nos ha sido acreditado a todos los que creemos en Él.

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia” (Rom. 3:21-22)

 y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil. 3:9).

No hay motivación más grande para confrontar el pecado de nuestra vida que saber estas dos gloriosas verdades del evangelio.

2. Debemos aprender a depender del poder habilitador del Espíritu Santo.

Recuerde: es por medio de esa divina persona que podemos hacer morir el pecado. “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Rom. 8:13). No importa cuánto hayamos crecido en lo espiritual, jamás lograremos superar nuestra necesidad constante del poder del Espíritu Santo. Nuestra vida espiritual puede compararse con el motor de un aparato eléctrico. El motor hace el trabajo, pero para funcionar depende del la fuente de poder externa que es la electricidad. Por tanto, debemos cultivar una actitud de dependencia continua del Espíritu Santo.

3. Aunque dependemos totalmente del Espíritu Santo, al mismo tiempo debemos reconocer que tenemos la gran responsabilidad de dar pasos prácticos para enfrenta nuestro pecado.

La sabiduría de un escritor antiguo nos puede ayudar: “Trabaja como si todo dependiera de ti, y al mismo tiempo confía como si no trabajaras.”

4. Debemos identificar áreas específicas de pecados aceptables. 

Al ir leyendo cada capítulo, pida al Espíritu Santo que le ayude a ver si existe algún patrón de pecado en su vida. Algo que puede ayudarle a hacer morir el pecado es precisamente anticiparse a las circunstancias o acontecimientos que lo provocan.

5. Debemos emplear algunas Escrituras específicas que se apliquen a cada uno de los pecados sutiles.

Debemos memorizar, reflexionar y orar por el contiendo de esos textos y pedirle a Dios que lo use para capacitarnos a confrontar nuestro pecado. “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Sal. 119:11). Guardar significa depositar para una necesidad futura. Eso es lo que hacemos cuando guardamos versículos bíblicos en nuestro corazón.

6. Debemos cultivar la oración para pedir por los pecados que toleramos en nuestra vida.

  1. Orar por los pecados sutiles de manera planificada y consisten.
  2. Orar brevemente cada vez que nos encontramos en situaciones que podrían inducirnos a cometer el pecado.

7. Debemos involucrar a otros creyentes en nuestras luchas contra el pecado sutil.

“Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante”  (Ecl. 4:9-10).

Cuando llegue el momento en que empiece a seguir estas instrucciones recuerde que su corazón es el campo de batalla entre su carne y el Espíritu “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”(Gal. 5:17). 

Pecados Respetables: El Poder del Espíritu Santo

pecados respectables

En [la lección] anterior vimos que Dios eliminó la culpa de nuestros pecados por medio de la muerte de su Hijo. Él no nos perdonó porque sea blando con nosotros, sino porque su justicia ha sido satisfecha. El perdón absoluto de nuestros pecados es tan real y firme como la realidad histórica de la muerte de Cristo. Es importante entender esta maravillosa verdad del evangelio porque sólo podemos enfrentar nuestros pecados “respetables” cuando sabemos que ya han sido perdonados. En ocasiones nos encontramos luchando con alguna expresión particular de iniquidad y entonces nos preguntamos si el evangelio puede ayudarnos a contrarrestar el poder que esta ejerce en nuestras vidas.

Para responder a esta [duda] debemos entender que la limpieza del poder del pecado se realiza en dos etapas. La primera es cuando quedamos libres del dominio del pecado. Esto sucede de una vez y para siempre y es completa para todos los creyentes. La segunda es la libertad de la presencia y actividad del pecado, la cual es progresiva, continua y dura el resto de nuestra vida en esta tierra. Pablo nos ayuda a ver esa doble libertad en Romanos 6. En Romanos 6:2 Pablo dijo que estamos muertos al pecado y en el verso 8, que estamos muertos con Cristo. Es decir, a través de nuestra unión con Jesucristo en su muerte morimos a la culpabilidad del pecado, y no solo a eso sino también morimos al poder que reinaba en nuestra vida. Sin embargo, Pablo también nos insta en Romanos 6:12. ¿Cómo podría reinar el pecado si hemos muerto a él? Por decirlo de alguna manera, seguimos librando una guerra de guerrillas en nuestro corazón. Pablo describió esa lucha en Gálatas 5:17. Todos los días libramos esa batalla entre los deseos de la carne y los del Espíritu.

En ese punto de nuestra lucha podemos llegar a pensar: Está muy bien decir que el pecado ya no tiene dominio sobre mí, pero ¿qué de mi experiencia diaria con lo que aún queda en mí de la presencia y la actividad del pecado? ¿Será posible que el evangelio también me limpie de eso? ¿Puedo esperar algún progreso en mi vida al hacer morir los pecados sutiles con los que lucho?  La respuesta de Pablo a esta cuestión tan vital se encuentra en Gálatas 5:16. Andar en el Espíritu significa vivir bajo la influencia y el control del Espíritu, en dependencia estrecha de Él. Pablo dice que si hacemos esto no satisfaremos los deseos de la carne. Hablando en términos prácticos, vivimos bajo la influencia y el control del Espíritu cuando continuamente exponemos nuestra mente a su voluntad moral y buscamos obedecerla tal como está revelada en las Escrituras. Y ¿qué otra actividad? ____________________

Hay un principio fundamental de la vida cristiana que yo he denominado el principio de la responsabilidad dependiente. Es decir, somos responsables ante Dios de obedecer su Palabra y de hacer morir los pecados de nuestra vida. Al mismo tiempo, nosotros no tenemos la capacidad de llevar a cabo esa responsabilidad. Cuando andamos en el Espíritu, vemos que Él obra en y a través de nosotros para limpiarnos de los vestigios del poder del pecado que tenemos. Nunca lograremos la perfección en esta vida, pero sí podemos ver algún progreso. Si con toda sinceridad queremos enfrentar y corregir los pecados sutiles de nuestra vida, podemos estar seguros de que el Espíritu Santo está actuando en y a través de nosotros para lograrlo Filipenses 1:6. La verdad es que los tres miembros de la divina Trinidad están involucrados en nuestra transformación espiritual, pero son el Padre y el Hijo quienes obran a través del Espíritu Santo que mora en nosotros I Corintios 6:19. No es necesario creer de manera activa en esa gran verdad acerca del Espíritu Santo. Lo que sí necesitamos creer es que cuando estamos procurando resolver nuestros pecados sutiles, no estamos solos.

Una de las formas en que esa divina persona obra en nosotros es produciendo convicción del pecado. Es decir, Él hace que comencemos a aceptar que nuestro egoísmo, impaciencia o actitud de crítica en realidad son pecados II Timoteo 3:16. Otra manera en que el Espíritu Santo trabaja en nosotros es capacitándonos y dándonos la fuerza para confrontar nuestro pecado Romanos 8:13; Filipenses 2:12-13. Es decir, Él nos invita a trabajar confiando en que está obrando en nosotros. En Filipenses 4:13 leemos la declaración de Pablo. Por tanto, nunca debemos darnos por vencidos. Aunque parezca que no estamos mejorando, Él sigue actuando en nosotros. Una manera más en la que el Espíritu Santo produce nuestra transformación es permitiendo circunstancias en nuestra vida para hacernos crecer espiritualmente. Si somos propensos a estallar en ira pecaminosa, se nos presentarán circunstancias que nos harán enojar. Si nos sentimos ansiosos con facilidad, tendremos muchas oportunidades para enfrentar el pecado de la ansiedad. Dios no nos tienta para que pequemos (Sant. 1:13-14), sino que permite circunstancias en nuestra vida que nos dan la oportunidad de hacer morir algún pecado sutil en particular que se ha convertido en una característica de nuestra vida. Romanos 8:28 es un versículo que muchos usamos para animarnos en tiempos difíciles. El “bien” del v. 28 se refiere al v. 29 donde habla de que seamos conformados a la imagen del Hijo de Dios. Esto significa que el Espíritu Santo está obrando en nuestra vida a través de las circunstancias que nos rodean para hacernos más semejantes a Cristo.

Entonces, al estudiar la siguiente sección de este libro donde veremos con detalle los pecados aceptables, consuélese. Recuerde que Cristo ya pagó por la penalidad de nuestros pecados y ganó el perdón de ellos. Después, envió a su Espíritu Santo a residir en nosotros para capacitarnos y enfrentarlos. Asimismo, esté preparado para humillarse.

Pecados Respetables: El Remedio Para el Pecado

pecados respectables

John Newton escribió un hermoso himno llamado, “Sublime Gracia.”  No obstante, en su juventud fue un comerciante de esclavos y capitán de una nave que los transportaba desde África hacia los Estados Unidos de América.  Por cuestiones de salud, renunció a la vida en alta mar y se hizo oficial de aduanas. Estudió teología y después se convirtió en ministro.  Pero aún siendo pastor, Newton nunca pudo olvidar la terrible naturaleza de su maldad cuando comerciaba con esclavos.  Al final de su vida compartió con un amigo:

“Estoy perdiendo la memoria, pero sí recuerdo dos cosas:

soy un gran pecador y

Cristo es un gran Salvador.”

Siglos antes, Saulo de Tarso se convirtió en el gran Apóstol Pablo pero también sentía culpable por haber cometido graves pecados.  Hechos 7:54-8:1 describe su complicidad en la lapidación de Esteban. Hacia el final de su vida, Pablo escribió que en su vida había sido “blasfemo, perseguidor e insolente” (I Tim. 1:13). Pero en este mismo contexto dijo I Timoteo 1:15.  John Newton y el Apóstol Pablo se percibían como grandes pecadores, pero con un grandioso Salvador.  La mayoría de los creyentes no podemos identificarnos con ninguno de ellos en cuanto a la gravedad de nuestros pecados pasados porque tal vez nunca hemos cometido adulterio, asesinado, traficado de drogas o estafado a la empresa donde trabajamos. Sin embargo, aunque no he cometido pecados grandes y escandalosos, sí he participado de chismes, he criticado a los demás, he albergado resentimientos, he sido impaciente y egoísta, he desconfiado en Dios en situaciones difíciles, he sucumbido al materialismo y aun he permitido que mi equipo favorito de fútbol se convierta en un ídolo para mí. Tengo que estar de acuerdo con Pablo en que soy el primero de los pecadores. O para parafrasear las palabras de John Newton: “Soy un gran pecador, pero tengo un gran Salvador”.

Tanto Pablo como Newton se describieron a sí mismos como pecadores, en el tiempo verbal presente. Ninguno de ellos dijo fui; más bien dijeron que soy. Podemos estar seguros de que desde que se convirtieron hasta que murieron, el carácter de Newton y Pablo se fue haciendo semejante al de Cristo. Pero el proceso de crecimiento involucraba ser cada vez más conscientes y sensibles a las expresiones pecaminosas de la carne que todavía influían en ellos. Por eso John Newton pudo decir: “Fui y todavía sigo siendo un gran pecador, pero tengo un grandioso Salvador”. Y cuando empecemos a confrontar nuestros pecados aceptables, podremos decir lo mismo.

El remedio de nuestro pecado, ya sea éste escandaloso o aceptable, es el evangelio en su aspecto más amplio. El evangelio es un mensaje; estoy usando la palabra evangelio para definir la obra completa de Cristo durante su vida, muerte y resurrección a favor nuestro y su obra actual en nosotros a través de su Espíritu Santo. Cuando hablo del evangelio en su aspecto más amplio, me refiero al hecho de que el Señor, en su obra a favor nuestro y en nosotros, nos salva del castigo del pecado, pero también de su dominio y poder reinante en nuestra vida. A partir del capítulo 7 trataremos específicamente los pecados respetables en nuestra vida. Pero antes de hacerlo, tenemos que examinar bien e evangelio. Esto es necesario porque:

En primer lugar, el evangelio solo es para pecadores (I Tim. 1:15). Pero la mayoría de los creyentes tienden a pensar que el evangelio es para los incrédulos, para los que necesitan ser “salvos”. Sin embargo, aunque somos verdaderos santos en el sentido de haber sido separados para Dios, todavía somos practicantes del pecado. Así que el primer uso del evangelio como remedio para nuestros pecados es labrar el terreno de nuestros corazones para que podamos ver nuestra iniquidad. Si estamos dispuestos a aceptar cada día nuestra condición de pecadores necesitados del evangelio, nuestro corazón que consideramos muy justo queda desprotegido y nos preparamos para enfrentar y aceptar la realidad de la impiedad que todavía reside en nosotros.

En segundo lugar, el evangelio so sólo nos prepara para enfrentar nuestro pecado; también nos libera para hacerlo. Generalmente, el hecho de reconocer nuestras iniquidades nos hace sentir culpables. Por supuesto, nos sentimos culpables porque lo somos. Nuestro instinto es tratamos de minimizarlo. Pero no es posible pretender resolver alguna manifestación particular de maldad, como la ira, hasta que reconozcamos abiertamente su presencia e influencia en nuestra vida. Así que necesitamos tener la seguridad de que nuestro pecado ha sido perdonado para comenzar a enfrentarlo y, claro, corregirlo después.  Necesitamos tener la seguridad de que ese [pecado] ha sido perdonado; es decir, que Dios ya no lo toma en cuenta. El evangelio nos provea esa seguridad (Romanos 4:7-8).  ¿Por qué Dios no nos inculpa de nuestro pecado? Porque es una deuda que Él ya puso sobre Cristo (Isaías 53:6). En la medida en que entendamos en lo profundo de nuestro ser esta gloriosa verdad del perdón divino de nuestros pecados a través de Cristo, quedaremos libres para enfrentar honesta y humildemente las manifestaciones particulares del pecado en nuestra vida. Por eso es útil afirmar cada día lo que Newton decía: “Soy un gran pecador, pero tengo un gran Salvador”.

En tercer lugar el evangelio nos motiva y da energía para enfrentar nuestro pecado. No es suficiente aceptarlo con honestidad. Para usar una frase de las Escrituras, significa que debemos hacerlo morir (Rom. 8:13; Col. 3:5). No podemos comenzar a enfrentar la actividad del pecado en nuestra vida hasta que hayamos lidiado con la culpabilidad que resulta de este. La seguridad de que Dios ya no nos inculpa de nuestros pecados produce dos cosas. Primero, nos asegura que Él está por nosotros y no contra nosotros (Rom. 8:31). Dios no nos está mirando desde su trono celestial diciendo “¿Cuándo  vas a cambiar? ¿Cuándo comenzarás a erradicar ese pecado?” Más bien, Él viene a nuestro lado diciendo: Vamos a enfrentar este pecado, pero mientras tanto quiero que sepas que no te inculpo por él.” Dios ya no es nuestro Juez; ahora es nuestro Padre celestial, quien nos ama con un amor infinito. Y aún más, la seguridad de que Dios ya no nos inculpa de pecado y que Él está con nosotros en nuestra lucha contra este, nos produce una mayor gratitud por lo que ya ha hecho y está haciendo a favor nuestro a través de Jesucristo.

Entonces, esta es la primera parte de las buenas nuevas del evangelio.

Pecados Respetables: La Malignidad del Pecado

pecados respectables

¡Cáncer! Es una palabra aterradora que provoca una sensación de desmayo y, en muchas ocasiones, desesperanza. Otro término para describir el cáncer es malignidad.  En el ámbito médico esa palabra describe un tumor que tiene un extraordinario potencial para crecer y se expande invadiendo los tejidos contiguos. Sistemáticamente provoca metástasis en otros lados del cuerpo. Si se le deja sin atender, la malignidad tiende a infiltrarse y extenderse por todo el cuerpo. Finalmente, provoca la muerte. No nos sorprende entonces que el cáncer y la malignidad sean palabras tan temibles.

El pecado es una malignidad espiritual y moral. Si se la deja sin control, puede diseminarse por todo nuestro interior y contaminar todas las áreas de nuestra vida. Y lo que es peor, con toda seguridad provocará una “metástasis” a partir de nosotros y se extenderá hacia los creyentes que nos rodean. Nadie vive en una isla espiritual o social. Nuestras actitudes, palabras, acciones y hasta nuestros pensamientos más íntimos, afectan a nuestro prójimo.

Nuestra manera de hablar, sea acerca de otros o con ellos, destruye o edifica a los demás (Efesios 4:29). Nuestras palabras pueden corromper la mente de los oyentes o pueden impartirles gracia. Ese es el poder de nuestro hablar. Sin embargo, el pecado es mucho más que un hecho… es un principio o fuerza moral que se anida en nuestro corazón y ser interior. El Apóstol Pablo llama a este principio la carne (o naturaleza pecaminosa). Pablo habla de ella como si se tratara de una persona (Romanos 7:8-11; Gálatas 5:17).

La siguiente es una verdad que necesitamos entender muy bien:

Aunque nuestros corazones han sido renovados y hemos sido liberados del dominio absoluto del pecado, y aunque el Espíritu de Dios mora dentro de nuestro cuerpo, el principio del pecado todavía nos acecha por dentro y libra una guerra contra nuestra alma.

Si no reconocemos esa realidad desastrosa, estamos abonando una tierra fértil donde crecerán y florecerán nuestros pecados “respetables” o “aceptables.” Los que somos creyentes tendemos a evaluar nuestro carácter y conducta con base en el comportamiento moral de la cultura en que vivimos. Puesto que por lo general vivimos bajo una norma moral más alta que la de la sociedad, es muy fácil sentirnos bien con nosotros mismos y asumir que Dios siente exactamente lo mismo. Nos resistimos a reconocer la realidad de que el pecado todavía mora en nosotros.

El cáncer es una buena analogía para entender la manera en que opera el pecado en nuestra vida, especialmente cuando nos referimos al que aceptamos y consentimos. El pecado aceptable es sutil en el sentido de que nos engaña al pensar que no es tan malo o haciéndonos creer que no es pecado. Piense en los pecados que consentimos como impaciencia, orgullo, resentimiento, frustración y auto-conmiseración. ¿Le parecen odiosos y perniciosos? Tan peligroso es tolerar esos pecados en nuestra vida espiritual como ignorar el cáncer que ha invadido nuestro cuerpo.

Hasta ahora hemos visto al pecado desde el punto de vista de cómo nos afecta. Vimos su tendencia maligna en nuestra vida y en la de nuestro prójimo. Sin embargo, el tema más importante es cómo nuestro pecado afecta a Dios. Alguien ha descrito al pecado como una traición cósmica. Si esto parece una exageración, considere un momento lo que significa la palabra transgresión en la Biblia, en especial en Levítico 16:21. Su significado es rebelión contra la autoridad, en este caso, la del Señor. Así que cuando digo un chisme, me estoy rebelando contra Dios. Cuando albergo resentimiento contra alguien en vez de perdonar en mi corazón, estoy en franca rebelión contra él.

En Isaías 6:1-8 el profeta tuvo una visión acerca de Dios en su grandiosa majestad. La triple repetición de la palabra santo (v. 3) se dice que Dios es infinitamente santo. Cuando se usa para describir a Dios, el término santo habla de su majestad infinita y transcendente. Describe su soberanía para reinar sobre toda la creación. Por lo tanto, cuando pecamos, es decir, cuando violamos la ley divina en cualquier forma, ya sea que la consideremos leve o no, nos rebelamos contra su soberana autoridad y su transcendente majestad. Para decirlo en pocas palabras, nuestro pecado es un atentado contra el reino majestuoso y soberano de Dios.

Observe el uso de la palabra menospreciar en los versículos 2 de Samuel 12:9-10. Podemos ver entonces que el pecado es menosprecio de la ley divina. Pero también entendemos que menospreciar la ley del Señor significa despreciarlo a Él. Por tanto, cuando nos permitimos cometer cualquiera de los así llamados pecados aceptables, no solamente damos evidencia de rechazar la ley divina, sino que al mismo tiempo menospreciamos al Señor. Dios conoce nuestros pensamientos (Salmo 139:1-4). Esto significa que toda nuestra rebelión, el menosprecio de Dios y su ley, la tristeza que provocamos al Espíritu Santo, la presunción de su gracia y todos nuestros pecados, se llevan a cabo ante la presencia de Dios. El Señor perdona nuestro pecado porque Cristo derramó su sangre por él, pero no lo tolera. Más bien, cada transgresión que cometemos, aun el pecado sutil en el que ni pensamos, fue puesto sobre Cristo al llevar en sí la maldición de Dios en nuestro lugar. Por sobre todas las cosas, en esto es en lo que radica la malignidad del pecado. Cristo tuvo que sufrir por causa de él.