Pecados Respetables: Envidia, Celos y Pecados Similares (parte 2)

Como estudiamos en la lección anterior, la envidia es el dolor que sentimos, y que a veces va acompañado de resentimiento, por las ventajas que otra persona tiene. Nos gustaría tener las mismas oportunidades, lo cual nos lleva a la codicia. Lo que resentimos es que esa persona obtenga algo que nosotros no tenemos.

CELOS

Muy relacionado con la envidia está el pecado de los celos que se definen como intolerancia a la rivalidad.

competividad (2)COMPETITIVIDAD

Relacionado con la envidia y los celos está el espíritu de competitividad. Es decir, el afán que algunos tienen por ser el que gana siempre o el más importante en cualquier campo en el que esté. La competitividad comienza a una edad temprana en la vida. Los niños pueden enojarse o molestarse cuando no ganan un simple juego infantil. Pero no solo los niños tienen ese problema. Hay hombres adultos que en algunas áreas son cristianos ejemplares, pero pierden la cabeza cuando su equipo o el de su hijo son derrotados en un juego. La competitividad es básicamente una expresión de egoísmo. Es la necesidad de ganar sin importar el costo. Ciertamente no es una actitud que refleje que amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Muchas veces, hemos elevado la competitividad a la altura de una virtud. Enseñamos a nuestros hijos, de manera directa o por el ejemplo, que es bueno ser competitivo, ya que es la manera en que podemos conquistar al mundo.

No obstante, me pregunto si el espíritu de competitividad es una virtud cristiana. Creo que el énfasis de la Biblia está en hacer lo mejor que podemos (II Timoteo 2:15). Debemos realizar nuestro trabajo con alegría (Colosenses 3:23) que, dicho de otra forma es hacerlo de la mejor manera. Es evidente que “lo mejor” no siempre es igual para toda la gente. Algunos han recibido la bendición de tener más habilidad, inteligencia o dones espirituales. Alguien podría argumentar que Pablo avaló tácitamente la competitividad en I Corintios 9:24. Pero la analogía termina cuando el Apóstol menciona el premio. En una carrera solamente un corredor gana y recibe el premio. En la vida cristiana, todos podemos recibir el premio. Permítame aclarar que no estoy escribiendo contra la competencia amistosa, sino contra el espíritu competitivo que siempre quiere ganar o ser el mejor. Pero cualquier sea la competencia, la pregunta que el niño, adolescente o sus padres deben hacerse no es “¿ganamos?”, sino: “¿hicimos lo mejor que pudimos?”.

Ahora bien, usted puede ver que hay una relación íntima entre la envidia, los celos y la competitividad. Tendemos a envidiar al compañero que nos ha aventajado en un área que es importante para nosotros. Estamos celosos de la persona que nos supera. Y estos dos promueven un espíritu de competencia que dice: “Yo debo ganar siempre o ser el número uno en todo”.

controlCONTROL

La envidia, los celos y la competitividad pueden catalogarse bajo una sola palabra: rivalidad. En vez de vernos unos a otros como miembros del cuerpo de Cristo, fácilmente podemos adoptar la actitud de considerarnos rivales que debemos competir contra los demás. Hay un pecado sutil más que podemos incluir en este grupo y es de querer controlar a los demás para nuestro beneficio o para obtener lo que queremos. En las relaciones interpersonales siempre hay uno que tiene una personalidad fuerte o dominante. Si no tiene cuidado, puede ser el que controle la relación. Con frecuencia uno quiere tomar todas las decisiones y se enoja si no se hace lo que él dice. En vez de someterse a los demás (Efesios 5:21), tiene una necesidad imperiosa de controlarlos. Claramente, esto surge del egoísmo. La dificultad para reconocer este pecado es que el controlador es el último en darse cuenta de su tendencia malsana.  Si usted es una persona controladora, quizá le sea difícil dejar de hacerlo por causa de su comportamiento en el pasado. Así que usted debe demostrar una humildad verdadera cuando pregunte. Después, en vez de ponerse a la defensiva o atacarlos de palabra cuando sean sinceros con usted, tenga la sabiduría de aceptar lo que le digan y tómelo como proveniente de Dios.

PECADOS RESPETABLES,Confrontemos esos Pecados que Toleramos, por Jerry Bridges

Pecados Respetables: Envidia y Celos

envidia trofeoLa envidia es el dolor que sentimos, y que a veces va acompañado de resentimiento, por las ventajas que otra persona tiene. Nos gustaría tener las mismas oportunidades, lo cual nos lleva a la codicia. Lo que resentimos es que esa persona obtenga algo que nosotros no tenemos. Pero no sólo envidiamos a otra gente. En general, hay dos situaciones que nos provocan envidia. Primero, tenemos la tendencia a envidiar a aquellos con quienes tenemos un trato cercano. Segundo, envidiamos a otros precisamente en las áreas que más valoramos. La razón por la que nos sentimos tentados a envidiar a quienes se destacan más, es que tenemos tantas cosas en común que las diferencias nos molestan.

Algunos padres podrían envidiar a otros cuyos hijos son mejores estudiantes o deportistas, o que tienen mejores trabajos. Podríamos envidiar a un amigo que tiene una casa más bonita o que compró un auto más caro que el nuestro. Las posibilidades de envidiar a otros son interminables. Cuando nos comparamos con otra persona cuyas circunstancias son mejores que las nuestras, nos enfrentamos a la tentación de envidiarla. Quizá ni siquiera queremos estar en las mismas circunstancias de nuestro vecino o amigo; simplemente resentimos que tenga mejores cosas. Cuando seamos tentados a la envidia, reconozcamos que es pecado. Sin duda, este es muy sutil y menos grave, pero aun así, se menciona en las listas de pecados viles que incluyó Pablo en Romanos 1:29 y Gálatas 5:21.

envidiaMuy relacionado con la envidia está el pecado de los celos. Es más, en ocasiones usamos ambos términos como sinónimos. Pero hay una sutil diferencia que nos puede ayudar a ver cuán pecaminoso es nuestro corazón. Los celos se definen como intolerancia a la rivalidad.

Hay ocasiones legítimas en las que podemos tener celos, como cuando alguien quiere enamorar a nuestra esposa. Por otro lado, Dios declara que él es un Dios celoso que no tolera que adoremos a otro que no sea él (Éxodo 20:5).

Los celos pecaminosos surgen cuando tenemos que alguien se convierta en una persona igual o superior a nosotros. La ilustración más famosa de la Biblia es la de los celos del rey Saúl contra David. Después de que este mató a Goliat, las mujeres de Israel cantaban (I Samuel 18:7). Por supuesto que Saúl se enojó porque le otorgaron mayor reconocimiento a David que a él. A partir de ese momento lo consideró su rival y siempre estaba celoso de él. Nosotros también podemos tener celos si hemos recibido la bendición de Dios en alguna área de nuestra vida o ministerio y luego otro demuestra con su trabajo a resultados que es superior a nosotros. Pareciera que siempre hay un joven que llega y es más listo o más talentoso que nosotros. Cuando esto sucede, nos podemos poner celosos. No queremos que alguien más obtenga el éxito o bendiciones de Dios que nosotros hemos recibido.

Entonces, ¿cómo podemos confrontar la tentación de envidiar a de sentir celos de los demás?

Primero, y como sucede con muchos otras pecados sutiles, podemos confiar en la soberanía de Dios reconociendo que él es quien de manera soberana nos da los talentos, habilidades y dones espirituales. No solo hay diferencias en los talentos y dones, sino que también las hay en las clases de bendiciones que recibirán de Dios. Todo proviene de Señor, él es quien empobrece y enriquece, humilla y exalta (I Samuel 2:7). Es Dios quien levanta a uno y humilla a otro (Salmo 75:7).

Cuerpo de la IglesiaUna segunda arma contra la tentación de tener celos es recordar que todos los creyentes “somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Ro. 12:5). Miren el versículo 10.

Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.

En vez de envidiar a quienes nos aventajan o de sentir celos por quienes nos superan de alguna manera, debemos reconocerlos y honrarlos puesto que todos somos miembros del mismo cuerpo de Cristo.

Tercero, debemos entender que si gastamos nuestra energía emocional en la envidia o los celos, perdemos de vista lo que Dios podría hacer en nuestra vida. Dios tiene un lugar y un plan que él quiere cumplir en cada uno de nosotros. Ciertamente, algunos trabajos obtienen mayor reconocimiento que los demás, pero todos son importantes para el plan de Dios.

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