Tener Paciencia El Uno Con El Otro (Mateo 18:21-35)

harold-copping-parable-of-the-unmerciful-servant-238x250x72Todos nosotros debemos aprender a perdonar de la manera que Dios nos perdona a nosotros. Una porción de la Palabra de Dios que nos ayuda practicar el perdón es la parábola del consiervo que se negó a perdonar en Mateo 18:21-35. Nos encontramos justo después de la enseñanza de Jesús sobre la confrontación de un hermano que peca y ahora Pedro le hace la pregunta a Jesús en cuanto a la cantidad de veces uno tiene que perdonar. Pero Jesús no busca limitar el perdón con una cierta cantidad de veces que tenemos que perdonar, sino que explica cuál es la base para aplicar el perdón. El siervo le debía a su amo una suma equivalente a unos 200.000 años de salario para un labrador de campo. Lo que enseña la parábola es que un siervo tiene una deuda impagable mientras el otro debía una suma significante. “El mensaje de la parábola radica en la enorme diferencia que había entre la cantidad de las deudas” (Bridges).

 

21Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? 22Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. 23Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. 24Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. 25A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. 26Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. 27El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. 28Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. 29Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. 30Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. 31Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. 32Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. 33¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? 34Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía.35Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis detodo corazón cada uno a su hermano sus ofensas. (Mat. 18:21-35)

I. Nuestra enorme deuda espiritual delante de Dios está representada. Vs. 23-24 

La primera cantidad de dinero representa lo que uno no puede pagar sólo. No hay nadie en el mundo que puede pagar su deuda que tiene con Dios por haber roto Su ley. “Nuestra deuda con el Señor es materialmente impagable” (Bridges). Por más que uno dice haber recibido mucho daño por parte de otro, no tiene comparación con lo que significa pecar contra Dios.

II. Nuestra deuda puede ser perdonada. Vs. 25-27

El siervo no pudo pagar la suma exorbitante de su deuda y el rey se vio obligado buscar una forma de recuperar parte de la suma adeudada. Mando a vender al deudor con su patrimonio y su familia. Cuando el siervo le rogó al rey pidiéndole perdón su amo fue “movido a misericordia” y le perdonó toda la deuda. Las implicancias para el rey son enormes porque significa una baja de su propio patrimonio. A la vez, para el siervo significa la oportunidad de tener un nuevo comienzo en la vida sin la necesidad de volver a pagar la deuda impagable.

III. Nuestro perdón tiene que igualar lo que hemos recibido. Vs. 28-35

Así que, nuestra base para perdonar a otros es el enorme perdón de Dios que recibimos a creer en Su hijo. Tenemos la responsabilidad de perdonar porque Dios nos ha perdonado mucho. Si no reconocemos que nosotros en realidad somos los deudores de diez mil talentos, seguiremos imposibilitados para perdonar a todos los que nos han lastimado en esta vida, o a quienes continúan haciéndolo. Cuando nosotros demandamos más de nuestros “consiervos” de que nuestro “amo” demanda de nosotros, somos infieles al perdón que hemos recibido. En Mateo 6:14-15 Jesús dice claramente que el recibir el perdón está basado en el perdón que extendemos a otros.

Predica por el Pastor Jaime Greenwood, 5 de junio 2016

Pecados Respetables: La Ira

ira3Por lo general manifestamos nuestra ira con las personas que más amamos; es decir, nuestro cónyuge, hijos, padres y hermanos, así como con nuestros verdaderos hermanos en Cristo dentro de la iglesia. En una ocasión conocí a un creyente que era el epítome de la gracia hacia las demás personas, pero de continuo estaba airado contra su esposa e hijos. Afortunadamente, después de algunos años Dios lo redarguyó y le ayudó a resolver su ira.

¿Qué es la ira? Muchos de nosotros podríamos decir: “No puedo definirla, pero la reconozco cuando la veo, especialmente si se dirige hacia mí”. Mi diccionario define la ira diciendo simplemente que es un fuerte sentimiento de desagrado acompañado de antagonismo. Añadiría que por lo general va acompañada de emociones, palabras y acciones pecaminosas que hieren al objeto de nuestra ira.

El tema de la ira es amplio y muy complejo, y el propósito de este estudio no es tratarlo a fondo. Para mantenernos dentro del objetivo de ayudarnos a confrontar los pecados que toleramos en nuestras vidas, voy a centrarme en el aspecto de la ira que inconscientemente consideramos como un pecado “respetable. Para lograr ese propósito, necesito mencionar el tema de la ira justificada.

Algunas personas razonan diciendo que su ira es justa. Creen que tienen derecho a estar enojadas, dependiendo de la situación. ¿Cómo sabemos si nuestra ira es justa o no? En primer lugar, la ira justa surge de una percepción correcta de la verdadera maldad; es decir, de una violación a la ley moral de Dios. Se centra en Él y su voluntad, no en nosotros y la nuestra. En segundo, la ira justa siempre se autocontrola. Jamás provoca que alguien pierda la cabeza o discuta de manera vengativa. El enfoque central de la enseñanza bíblica acerca de esa emoción tiene que ver con nuestras reacciones de ira pecaminosa ante las acciones o palabras de los demás. El hecho de que respondamos al pecado real de otro no significa que nuestra ira sea justa.

Otro tema en cuanto a la ira que no es parte del propósito de este libro es la de la persona que está airado de continuo, o cuya ira le hace abusar verbal o físicamente de otros. Esa persona necesita recibir buena consejería bíblica y pastoral. Así que mantenemos nuestro enfoque en lo que podríamos llamar ira común, la cual aceptamos de alguna manera como parte de nuestra vida, pero que en realidad es pecado ante los ojos de Dios.

Al enfrentar nuestra ira necesitamos reconocer que nadie nos provoca a ella. Quizá las palabras o acciones de alguien podrían ser un pretexto para enojarnos, pero la verdadera causa radica muy dentro de nosotros, generalmente en nuestro orgullo, egoísmo, o deseo de controlarlo todo.

Podemos enojarnos porque alguien nos maltrata. O alguien dice un chisme a nuestras espaldas y cuando nos enteramos nos enojamos. ¿Por qué? Muy probablemente porque nuestra reputación o carácter están en tela de duda. Una vez más la causa es el orgullo.

18 Criados, estad sujetos con todo respeto a vuestros amos; no solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar.

19 Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente.

20 Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios.

(1 Pedro 2:18-20)

Las instrucciones de Pedro para los esclavos son una aplicación específica de un principio bíblico más general: Debemos responder a cualquier trato injusto como si viniera del Señor. ¿Se encuentra esta situación difícil o trato injusto bajo el control soberano de Dios, y él en su infinita sabiduría y bondad lo está utilizando para conformarme más a la imagen de Cristo? (Romanos 8:28; Hebreos 12:4-11).

ver. ro. 8.28

Con demasiada frecuencia nuestra respuesta inmediata a una acción injusta es la ira pecaminosa. Pero después del momento difícil, podemos decidir si vamos a continuar airados, o podemos reflexionar en las preguntas que he sugerido y permitir al Espíritu Santo que erradique nuestro enojo.

Así que, ¿cómo tenemos que manejar la ira de tal forma que honre a Dios?

  1. Debemos reconocerla sabiendo que es pecaminosa. Necesitamos arrepentirnos no sólo de la ira, sino también del orgullo, el egoísmo y la idolatría.
  2. Después, necesitamos cambiar nuestra actitud hacia la persona o las personas cuyas palabra o acciones la provocaron. (Efesios 4:32; Colosenses 3:13) Si ya externando nuestra ira, procuremos que nos perdone la persona a quien herimos con nuestro enojo.
  3. Finalmente, debemos entregar a Dios la ocasión de nuestra ira. Debemos aceptar que cualquier situación que nos tiente a airarnos puede llevarnos a una ira pecaminosa por un lado, o bien, a Cristo y su poder santificador.

Al principio de este estudio admití que el tema de la ira es complejo y que el propósito no es agotarlo. Pero espero que le haya ayudado a reconocer que la mayoría de nuestro enojo es pecaminoso, y aunque lo justifiquemos y toleremos en nuestra vida, no es aceptable delante de Dios.

Estudio del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges.

Pecados Respetables: Impaciencia e Irritabilidad

Impaciencia e Irritabilidad — Estas dos características están íntimamente relacionadas. Es más, ambas palabras tienen mínima diferencias dependiendo del contexto en que las usemos. Así que en este estudio voy a definir la impaciencia como una fuerte sensación de molestia por las faltas o fallas que generalmente cometen los demás sin intención. Comúnmente, la impaciencia se demuestra con palabras destinadas a humillar a la persona (o personas) que nos provocan a ella.

La clave para entender esa clase de alteración es que es una respuesta a una acción generalmente involuntaria de los demás.

impatience2Usted, ¿falta paciencia con los que tienen una discapacidad auditiva cuando tiene que repetir las palabras? O, quizá ¿falta paciencia con los que tienen la increíble capacidad de estar a tiempo justo en el momento por salir. ¿Cuando tiene que sentarse a esperarlo? ¿Cómo puede manejar esa situación? 

Estas cuestiones de la vida real son sólo dos ejemplos de todas las cosas que debemos enfrentar con la gente que convive a trabaja con nosotros mientras tratamos de resistir la tentación de ser impacientes. Es más, debemos observar que ni una discapacidad auditiva ni el horario de otro nos provocan a ser impacientes. Simplemente proveen una oportunidad para que se manifieste nuestra naturaleza carnal. La causa real de nuestra impaciencia radica en nuestro corazón, en nuestro deseo de insistir en que los demás se conformen a nuestras expectativas.

irritability-400x400Los padres se impacientan por la lenta reacción que tienen sus hijos adolescentes a la disciplina. La lentitud en responder a nuestro entrenamiento puede orillarnos a la impaciencia. Algunos cristianos son conocidos por ser muy impacientes a la hora de conducir su auto, o se impacientan por la lentitud del servicio en una tienda, el banco, o un restaurante.

En varias de sus cartas el apóstol Pablo escribió exhortaciones para que seamos pacientes. “El amor es sufrido…” (1 Corintios 13:4) En Gálatas 5:22-23 la paciencia es una de las nueve expresiones del fruto del Espíritu. En Efesios 4:1-2 el mismo Apóstol nos insta a vivir con paciencia, y en Colosenses 3:12 dice que debemos vestirnos de paciencia. Es claro por los escritos de Pablo que debemos cultivar la cualidad de la paciencia. Y también podemos inferir que la impaciencia, su antónimo, es un pecado que debemos hacer morir en nuestra vida.

Quien se impacienta con facilidad frecuentemente es una persona irritable. La mayoría de nosotros perdemos la paciencia en algunas ocasiones, pero la persona irritable es impaciente la mayoría del tiempo porque es alguien ante quien sentimos que debemos andar de puntillas. No es agradable estar con esa clase de personas, pero lamentablemente, los miembros de su familia y compañeros de trabajo no tienen otra opción.

¿Ha estado usted enojado con alguna persona o alguna circunstancia por mucho tiempo? Si es así, quizá usted sea una persona irritable. Si está enojado continuamente con otra persona (o personas), tal vez necesite aprender a tolerar sus acciones involuntarias. Proverbios 19:11 habla del tema de la ira, “La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa.” Y Pedro escribió que él amor cubre una multitud de pecados” (1 Pedro 4:8). Podemos decir que si el amor cubre una multitud de pecado, cuánto más cubrirá la multitud de acciones que nos irritan.

Ojalá seamos tan severos con nosotros mismos respecto a nuestros pecados sutiles como lo somos con los que condenamos en los demás. Que no seamos como el fariseo que se creía muy justo y que fue al templo a orar con las palabras en Lucas 18:11-13:

11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano;

12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.

13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.

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Estudio del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges.

Pecados Respetables: Egoismo

egoismoPodemos ser muy conocedores de la teología y correctos en nuestra moralidad pero ser un fracaso en demostrar las virtudes del carácter cristiano al cual Pablo llamó el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23). Podemos ser ortodoxos en nuestra teología y sobrios en nuestra moralidad y aun así estar tolerando en nuestra vida algunos de los pecados sutiles y “aceptables” de los que hemos hablado. Creo que todos tenemos “puntos ciegos”, defectos de carácter, o pecados sutiles de los cuales no estamos conscientes. Quiera Dios que los enfrentemos, en especial el egoísmo que hay en nosotros.

Al estudiar este pecado, será de mucha ayuda comenzar presentando la verdad de que hemos nacido con una naturaleza egoísta. Aún después de llegar a ser cristianos, todavía poseemos la carne que batalla contra el Espíritu y una de sus manifestaciones as el egoísmo. Es difícil exponer el egoísmo porque es más fácil detectarlo en los demás que en nosotros mismos. Además, hay distintos grados de él así como de la sutileza que empleamos al demostrarlo. El egoísmo de una persona podría ser burdo y obvio. En general, a alguien así no le importa lo que los demás piensen de él. Sin embargo, en la mayoría de nosotros sí nos importa la opinión de los otros, así que nuestro egoísmo es más delicado y refinado.

El egoísmo se demuestra en muchas maneras, pero voy a centrarme en cuatro áreas que podemos observar en nuestra vida como creyentes.

mis interesesLa primera es el egoísmo que se relaciona con nuestros intereses. “no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Filipenses 2:4). Cuando usó las palabras “lo de los otros,” Pablo se estaba refiriendo, sin lugar a dudas, a las preocupaciones y necesidades de los demás. ¿Cuáles son las cosas que nos interesan? _________________

Usando cualquier ejemplo específico podemos ilustrar nuestra tendencia de centrarnos de tal modo en nuestros asuntos que mostramos poco o ningún interés en los de los demás. Una buena prueba para medir el grado de egoísmo que muestra por sus intereses sería que reflexionara en alguna conversación que haya sostenido con alguna persona (o pareja). Pregúntese cuánto tiempo pasó hablando de sus intereses comparado con el tiempo que invirtió en hablar de los de la otra persona. El egoísmo demuestra que lo único que nos preocupa son nuestros asuntos. En 2 Timoteo 3:11-5, Pablo da una lista de pecados realmente grotescos que se manifestarán en “los últimos días”, es decir, nuestra época actual. El amante de sí mismo es una buena descripción de un egoísta. Está preocupado sólo en sí mismo y sus conversaciones lo reflejan.

tiempoUna segunda área donde se demuestra el egoísmo es en cuanto a nuestro tiempo. Este es un don precioso y cada uno de nosotros poseemos sólo una cantidad determinada de él cada día. Todos estamos muy ocupados, así que es muy fácil volvernos egoístas con nuestro tiempo. Podemos ser demasiado egoístas con nuestro tiempo y también podemos serlo queriendo tomar innecesariamente el tiempo de los demás. En cualquier caso, estamos pensando solamente en nosotros y nuestras necesidades. Es raro escuchar a alguien decir: “yo haré tal cosa por ti”. No obstante la Biblia dice “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2). Esto incluye que podemos hacer algo más por alguien que sólo lo que nos corresponde.

scrooge-mcduck-make-it-rainUna tercera área donde se expresa el egoísmo es con nuestro dinero. Este es un tema especialmente crucial para los creyentes. El apóstol Pablo escribió en Romanos 12:15, “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.” Y el apóstol Juan escribió en 1 Juan 3:17, “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” Si los tomamos juntos, estos versículos nos dicen que debemos tener corazones compasivos hacia los que están en necesidad y luego debemos poner esa compasión en acción por medio de nuestras contribuciones. Debemos ser buenos mayordomos del dinero y no gastar todo, o la mayoría, en nosotros. Hacerlo así es ser egoísta con nuestro dinero y evidenciamos que no nos interesan las necesidades de los demás.

colectivoLa cuarta área de egoísmo que estudiaremos es la desconsideración. Esta característica puede mostrarse de varias maneras. La persona desconsiderada nunca piensa en el impacto que sus actos pueden tener sobre las demás personas. Cuando somos indiferentes al impacto que tienen nuestras acciones sobre los demás, estamos siendo egoístas y desconsiderados porque sólo pensamos en nosotros. También podemos ser desconsiderados en cuanto a los sentimientos de los demás. La persona cuya actitud es “digo lo que pienso, pésele a quien le pese” es desconsiderada y egoísta.

Entonces, una persona que no es egoísta siempre equilibra sus necesidades y deseos con los de los demás. Sospecho que todos tenemos inclinaciones egoístas de una u otra manera, porque todavía vivimos en la carne pecaminosa que libra una batalla contra nuestra alma. Así que, por favor, no deseche este estudio como si no aplicara a usted.

Estudio del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges.

Pecados Respectables: El Orgullo

fariseoDe todos los personajes desagradables de la Biblia, probablemente ninguno sea tan repulsivo como el fariseo que se creía muy justo en la parábola de Jesús. Él oraba en el templo diciendo; “…Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano” (Lucas 18:11). Pero la ironía es que, al condenar a ese orgulloso fariseo, podemos caer fácilmente en la misma actitud de creernos muy justos.

En esta lección trataremos el pecado del orgullo, pero no del orgullo en general, sino de ciertas expresiones que son una tentación muy particular para los creyentes. Se trata del orgullo de creernos muy justos, de pensar que tenemos la doctrina correcta, de ser exitosos, o de tener un espíritu independiente. Uno de los problemas del orgullo es que podemos verlo en otros, pero no en nosotros. Estoy muy consciente de las palabras de Pablo cuando dijo: “Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas?” (Romanos 2:21).

orgullo

ORGULLO POR CREERNOS MUY MORALES

Es fácil cometer este pecado de la superioridad moral y de auto-justicia en la actualidad, cuando la sociedad en general comete abiertamente o condona pecados flagrantes tales como la inmoralidad, los divorcios fáciles, el estilo de vida homosexual, el aborto, el alcoholismo ya drogadicción, la avaricia y otros pecados escandalosos. Pero dado que nosotros no cometemos esos pecados tendemos a sentirnos moralmente superiores y vemos con desdén y rechazo a quienes sí los cometen. Puedo aventurarme a decir que, de todos los pecados sutiles que trataremos en este estudio, el más común de todos es el orgullo a la superioridad moral, y sólo le gana el pecado de la impiedad. ¿Cómo podemos guardarnos de caer en este pecado? Primero, desarrollando una actitud de humildad basada en la verdad que dice que “por la gracia de Dios soy lo que soy”. Todos deberíamos decir con David: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.” (Salmo 51:5). Otro medio por el cual podemos evitar el orgullo de sentirnos mejores es identificándonos con el Señor ante la sociedad pecaminosa en que vivimos, “y dije: Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo” (Esdras 9:6). Al ver hoy en día a la sociedad en su degradación moral, necesitamos asumir la actitud de Esdras. Hacerlo nos ayudará a no caer en la tentación de creernos justos.

ORGULLO DE TENER LA DOCTRINA CORRECTA

Íntimamente relacionado con el anterior, está el orgullo doctrinal. Consiste en creer que nuestra doctrina es la única correcta y que cualquiera que crea algo diferente tiene una teología inferior. Aquellos que nos preocupamos por la doctrina somos muy susceptibles a caer en esta forma de orgullo. En otras palabras, esta forma de orgullo se basa en la ignorancia; creemos que nuestro sistema particular de creencias, cualesquiera que sean, es el correcto y adoptamos una actitud de superioridad espiritual sobre los que creen otra cosa. “En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Corintios 8:1). Pablo estaba de acuerdo con su “conocimiento”; es decir, con la creencia doctrinal respeto a no comer carne sacrificada a los ídolos, pero los acusó de orgullo doctrinal; su “conocimiento” los había envanecido. Si su convicción – ya sea calvinista, arminiana, dispensacionalista – o su posición respecto a los últimos tiempos, o su rechazo a cualquier posición doctrinal le hacen sentirse superior a quienes tienen otros puntos de vista, entonces usted está cometiendo el pecado de orgullo doctrinal.

ORGULLO DEL ÉXITO

“El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada” (Proverbios 13:4). El apóstol Pablo exhortó a Timoteo en cuanto a su ministerio: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15). Las escrituras también enseñanza que el éxito en cualquier área está bajo el control soberano de Dios. “Jehová empobrece, y él enriquece; abate, y enaltece” (1 Samuel 2:7). La capacidad de victoria o éxito en cualquier área proviene, en última instancia, de Dios. Desde el punto de vista humano, podría parecer que hemos triunfado como resultado de nuestra gran tenacidad y trabajo arduo. Pero, ¿quién nos dio ese espíritu emprendedor y el buen juicio para los negocios que nos permitió lograrlo? Dios. “Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7) Por lo tanto, ¿qué tiene usted que no haya recibido? Nada.

Otro aspecto del orgullo del éxito es el deseo desmedido de que se nos reconozca. ¿Cuál es nuestra actitud cuando hacemos bien un trabajo específico y no recibimos reconocimiento? ¿Estamos dispuestos a quedar en el anonimato, trabajando para el Señor, o nos ponemos furiosos por la falta de alabanza? “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos” (Lucas 17:10).

ORGULLO DE TENER UN ESPÍRITU INDEPENDIENTE

Este se expresa en dos áreas principales: la resistencia a la autoridad, especialmente a la espiritual, y la enseñanza. Por lo general estas dos actitudes van de la mano. Cuando somos jóvenes tendemos a pensar que lo sabemos todo. “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso” (Hebreos 13:17).

Estudio del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges.

Pecados Respetables: La Ingratitud

tenth leperLucas registra una ocasión en la que Jesús se encontró con diez leprosos. Véase Lucas 17:13-19. Cuando leemos esta historia pensamos: ¿Cómo pudieron aquellos nueve hombres ser tan malagradecidos y no volver a darle gracias a Jesús? Sin embargo, muchos de nosotros somos culpables del mismo pecado de ingratitud.

Espiritualmente hablando, nuestra enfermedad era mucho peor que la enfermedad física de la lepra. No estábamos enfermos; estábamos muertos espiritualmente. Pero en su gran misericordia y amor, Dios nos atrajo hacia sí mismo y nos dio vida espiritual (Ef. 2:1-5). Además, perdonó nuestros pecados a través de la muerte de su Hijo y nos cubrió con la justicia impecable del mismo Jesucristo.

El hecho de haber recibido la vida espiritual de Jesús es un milagro mucho más grande y sus beneficios son infinitamente mayores que haber sido sanados de la lepra. No obstante, ¿cuántas veces hemos dado gracias por nuestra salvación? ___________

Y si ha dado gracias, ¿lo hizo de manera superficial, como cuando mucha gente agradece por los alimentos, o fue una expresión sincera de gratitud por lo que Dios hizo a favor suyo en Cristo? ___________

La verdad es que toda nuestra vida debería ser una constante acción de gracias. “ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hechos 17:25).

Todo lo que somos y tenemos es un don de él.

Necesitamos estar atentos a la advertencia que Dios hizo a los Israelitas (Deut. 8:11-14, 17, 18).

La mayoría de la gente [espiritual] reconoce que todo lo que posee proviene de Dios, pero, ¿cuán a menudo hace una pausa para agradecérselo? __________________

expresarte_mi_gratitudUno de los pecados “aceptables” es no agradecer a Dios la provisión temporal y las bendiciones espirituales que nos ha prodigado ricamente, porque damos por hecho que las merecemos. Es más, demasiados cristianos no pensarían que este es un pecado. Sin embargo, Pablo describe a la persona controlada por el Espíritu y dice: “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef. 5:20).

Dar gracias al Creador por Sus bendiciones físicas y espirituales no es sólo algo amable que hacemos, sino que es la voluntad moral de Dios. Si no le damos a él lo que merece, entonces pecamos.

La vida está llena de eventos que nos retrasan, nos importunan, obstruyen y bloquean alguno de nuestros planes. En medio de ellos, debemos luchar contra la ansiedad y frustración. Pero cuando Dios nos da la salida, o cuando vemos su mano librándonos de la posibilidad de un evento parecido, debemos tomar un tiempo especial para agradecérselo.

¿En Todas Las Circunstancias?

¿Debemos dar gracias a Dios cuando las circunstancias no resulten como nosotros esperábamos?

La respuesta es _____ por diferentes razones (1 Tes. 5:18). Pablo nos instruye a dar gracias EN toda circunstancia, aun por las que no sentimos gratitud. ¿Nos está pidiendo Pablo que demos gracias obligadamente y sólo por la fuerza de voluntad cuando nos sentimos realmente decepcionados? ________

La respuesta a la pregunta radica en las promesas divinas que encontramos en Romanos 8:28-29 y 38-39.

Pablo está diciendo que el Señor quiere que todas nuestras circunstancias, sean buenas o sean malas (pero en el contexto que Pablo tiene en mente, está hablando específicamente de las malas), sean un instrumento de santificación para hacernos crecer más y más a la semejanza de Jesús.  Así que en situaciones que no resultan de la manera que esperamos, debemos darle gracias a Dios porque él usará esa situación de alguna manera para desarrollar en nosotros el carácter cristiano.

En resumen, debemos tratar de desarrollar el hábito de dar gracias a Dios constantemente. Pero por sobre todas cosas, debemos agradecerle nuestra salvación y las oportunidades que tenemos para crecer espiritualmente y ministrar.

Asimismo, debemos darle gracias por la abundancia de bendiciones materiales que nos provee. Y luego, cuando las circunstancias se tornan amargas y las cosas no resulten como hubiéramos querido, debemos hacerlo por fe, por lo que él está haciendo a través de las circunstancias para transformarnos a la imagen de su Hijo.

“Cuando muere la gratitud sobre el altar del corazón del hombre, aquel es casi sin esperanza”

Bob Jones

Estudio del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges.

Pecados Respetables: Falta de Contentamiento

contentamientoEl descontento es el sentimiento que surge cuando las circunstancias adversas se prolongan sin cambio alguno y no podemos hacer nada para modificarlas. Es un hecho que las advertencias más frecuentes de la Biblia contra el descontento tienen que ver con el dinero y las posesiones, pero aquí me gustaría hablar de un tipo de descontento que tal vez es más común entre los cristianos comprometidos con Dios. Es decir, la actitud que resulta de circunstancias que se alargan sin cambiar y que se convierten en una prueba para nuestra fe.

> Un empleo que no satisface o por el que recibe un salario bajo

> Soledad en la edad madura o vejez

> Infertilidad

> Infelicidad en el matrimonio

> Discapacidad física o salud precaria…  y hay otras.

Sus circunstancias quizá sean mucho más difíciles que las que me han tocado vivir, pero la verdad es que lo que determina si tenemos falta de contentamiento o no, es nuestra reacción a las circunstancias y no tanto el grado de dificultad de ellas.

A fin y a cabo el descontento es un pecado.

El propósito fundamental de este estudio es ayudarnos a enfrentar la presencia de muchos de los pecados sutiles que hay en nuestra vida y reconocer el hecho de que los hemos ido tolerando y aceptando cada vez más.

Salmo 139:16 puede ayudarnos a enfrentar las circunstancias que pueden tentarnos a estar descontentos.

Mi embrión vieron tus ojos,
Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas
Que fueron luego formadas,
Sin faltar una de ellas.

Salmo 139:13 dice lo siguiente para quienes viven con discapacidades físicas.

Porque tú formaste mis entrañas;
Tú me hiciste en el vientre de mi madre.

Job 1:21 nos ayuda cuando nos toca experimentar la decepción terrible y humillante.

y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.

Al tratar con la falta de contentamiento, probablemente he tocado fibras sensibles. Quizá la situación se agrava más porque he dicho que la falta de contentamiento es pecado. Tal vez usted está pensando: si él conociera mí situación, no sería tan radical ni me sermonearía. Es verdad, no conozco su situación particular, pero he luchado contra la falta de contentamiento y se ha esforzado por vencerla con las verdades bíblicas.

Estudio del libro, Pecados Respetables, por Jerry Bridges.

Pecados Respetables: Instrucciones para Confrontar Nuestros Pecados

pecados respectables

Hemos visto cuál es el remedio para el pecado así como el poder del Espíritu Santo que actúa a nuestro favor. También vimos que debemos participar activamente para enfrentar nuestra iniquidad. El Apóstol Pablo escribió que debemos “hacer morir” las diferentes expresiones del pecado en nuestra vida:

“Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Rom. 8:13).

“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Col. 3:5).

Esto abarca tanto los pecados evidentes que tratamos de evitar, así como los que son más sutiles y tendemos a ignorar. No es suficiente con aceptar que en efecto toleramos algunos de ellos. Tal vez nuestra actitud es como la de otros que dicen: “después de todo, nadie es perfecto”. Pero enfrentar honestamente esos pecados es muy diferente. No podemos continuar ignorándolos como en el pasado.  Antes de estudiar algunas áreas específicas de los pecados aceptables de los creyentes, quisiera presentar algunas instrucciones en cuanto a cómo confrontarlos.

1. Siempre debemos poner cualquier pecado bajo la luz del evangelio.

Nuestra tendencia es que tan pronto como comenzamos a trabajar en un área de pecado en nuestra vida, olvidamos el evangelio. Olvidamos que Dios ya ha perdonado ese pecado gracias a la muerte de Cristo.

“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Col. 2:13-14).

El Señor ha perdonado nuestros pecados, pero no solo eso sino que ha acreditado a nuestra cuenta espiritual la justicia perfecta de Cristo. En todas las áreas de la vida en las que hemos desobedecido Jesús fue perfectamente obediente. Él fue crucificado por nuestros pecados. Tanto en su vida sin pecado como en su muerte expiatoria, Jesús fue perfectamente obediente y justo, y esa es la que nos ha sido acreditado a todos los que creemos en Él.

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia” (Rom. 3:21-22)

 y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil. 3:9).

No hay motivación más grande para confrontar el pecado de nuestra vida que saber estas dos gloriosas verdades del evangelio.

2. Debemos aprender a depender del poder habilitador del Espíritu Santo.

Recuerde: es por medio de esa divina persona que podemos hacer morir el pecado. “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Rom. 8:13). No importa cuánto hayamos crecido en lo espiritual, jamás lograremos superar nuestra necesidad constante del poder del Espíritu Santo. Nuestra vida espiritual puede compararse con el motor de un aparato eléctrico. El motor hace el trabajo, pero para funcionar depende del la fuente de poder externa que es la electricidad. Por tanto, debemos cultivar una actitud de dependencia continua del Espíritu Santo.

3. Aunque dependemos totalmente del Espíritu Santo, al mismo tiempo debemos reconocer que tenemos la gran responsabilidad de dar pasos prácticos para enfrenta nuestro pecado.

La sabiduría de un escritor antiguo nos puede ayudar: “Trabaja como si todo dependiera de ti, y al mismo tiempo confía como si no trabajaras.”

4. Debemos identificar áreas específicas de pecados aceptables. 

Al ir leyendo cada capítulo, pida al Espíritu Santo que le ayude a ver si existe algún patrón de pecado en su vida. Algo que puede ayudarle a hacer morir el pecado es precisamente anticiparse a las circunstancias o acontecimientos que lo provocan.

5. Debemos emplear algunas Escrituras específicas que se apliquen a cada uno de los pecados sutiles.

Debemos memorizar, reflexionar y orar por el contiendo de esos textos y pedirle a Dios que lo use para capacitarnos a confrontar nuestro pecado. “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Sal. 119:11). Guardar significa depositar para una necesidad futura. Eso es lo que hacemos cuando guardamos versículos bíblicos en nuestro corazón.

6. Debemos cultivar la oración para pedir por los pecados que toleramos en nuestra vida.

  1. Orar por los pecados sutiles de manera planificada y consisten.
  2. Orar brevemente cada vez que nos encontramos en situaciones que podrían inducirnos a cometer el pecado.

7. Debemos involucrar a otros creyentes en nuestras luchas contra el pecado sutil.

“Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante”  (Ecl. 4:9-10).

Cuando llegue el momento en que empiece a seguir estas instrucciones recuerde que su corazón es el campo de batalla entre su carne y el Espíritu “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”(Gal. 5:17). 

Pecados Respetables: El Poder del Espíritu Santo

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En [la lección] anterior vimos que Dios eliminó la culpa de nuestros pecados por medio de la muerte de su Hijo. Él no nos perdonó porque sea blando con nosotros, sino porque su justicia ha sido satisfecha. El perdón absoluto de nuestros pecados es tan real y firme como la realidad histórica de la muerte de Cristo. Es importante entender esta maravillosa verdad del evangelio porque sólo podemos enfrentar nuestros pecados “respetables” cuando sabemos que ya han sido perdonados. En ocasiones nos encontramos luchando con alguna expresión particular de iniquidad y entonces nos preguntamos si el evangelio puede ayudarnos a contrarrestar el poder que esta ejerce en nuestras vidas.

Para responder a esta [duda] debemos entender que la limpieza del poder del pecado se realiza en dos etapas. La primera es cuando quedamos libres del dominio del pecado. Esto sucede de una vez y para siempre y es completa para todos los creyentes. La segunda es la libertad de la presencia y actividad del pecado, la cual es progresiva, continua y dura el resto de nuestra vida en esta tierra. Pablo nos ayuda a ver esa doble libertad en Romanos 6. En Romanos 6:2 Pablo dijo que estamos muertos al pecado y en el verso 8, que estamos muertos con Cristo. Es decir, a través de nuestra unión con Jesucristo en su muerte morimos a la culpabilidad del pecado, y no solo a eso sino también morimos al poder que reinaba en nuestra vida. Sin embargo, Pablo también nos insta en Romanos 6:12. ¿Cómo podría reinar el pecado si hemos muerto a él? Por decirlo de alguna manera, seguimos librando una guerra de guerrillas en nuestro corazón. Pablo describió esa lucha en Gálatas 5:17. Todos los días libramos esa batalla entre los deseos de la carne y los del Espíritu.

En ese punto de nuestra lucha podemos llegar a pensar: Está muy bien decir que el pecado ya no tiene dominio sobre mí, pero ¿qué de mi experiencia diaria con lo que aún queda en mí de la presencia y la actividad del pecado? ¿Será posible que el evangelio también me limpie de eso? ¿Puedo esperar algún progreso en mi vida al hacer morir los pecados sutiles con los que lucho?  La respuesta de Pablo a esta cuestión tan vital se encuentra en Gálatas 5:16. Andar en el Espíritu significa vivir bajo la influencia y el control del Espíritu, en dependencia estrecha de Él. Pablo dice que si hacemos esto no satisfaremos los deseos de la carne. Hablando en términos prácticos, vivimos bajo la influencia y el control del Espíritu cuando continuamente exponemos nuestra mente a su voluntad moral y buscamos obedecerla tal como está revelada en las Escrituras. Y ¿qué otra actividad? ____________________

Hay un principio fundamental de la vida cristiana que yo he denominado el principio de la responsabilidad dependiente. Es decir, somos responsables ante Dios de obedecer su Palabra y de hacer morir los pecados de nuestra vida. Al mismo tiempo, nosotros no tenemos la capacidad de llevar a cabo esa responsabilidad. Cuando andamos en el Espíritu, vemos que Él obra en y a través de nosotros para limpiarnos de los vestigios del poder del pecado que tenemos. Nunca lograremos la perfección en esta vida, pero sí podemos ver algún progreso. Si con toda sinceridad queremos enfrentar y corregir los pecados sutiles de nuestra vida, podemos estar seguros de que el Espíritu Santo está actuando en y a través de nosotros para lograrlo Filipenses 1:6. La verdad es que los tres miembros de la divina Trinidad están involucrados en nuestra transformación espiritual, pero son el Padre y el Hijo quienes obran a través del Espíritu Santo que mora en nosotros I Corintios 6:19. No es necesario creer de manera activa en esa gran verdad acerca del Espíritu Santo. Lo que sí necesitamos creer es que cuando estamos procurando resolver nuestros pecados sutiles, no estamos solos.

Una de las formas en que esa divina persona obra en nosotros es produciendo convicción del pecado. Es decir, Él hace que comencemos a aceptar que nuestro egoísmo, impaciencia o actitud de crítica en realidad son pecados II Timoteo 3:16. Otra manera en que el Espíritu Santo trabaja en nosotros es capacitándonos y dándonos la fuerza para confrontar nuestro pecado Romanos 8:13; Filipenses 2:12-13. Es decir, Él nos invita a trabajar confiando en que está obrando en nosotros. En Filipenses 4:13 leemos la declaración de Pablo. Por tanto, nunca debemos darnos por vencidos. Aunque parezca que no estamos mejorando, Él sigue actuando en nosotros. Una manera más en la que el Espíritu Santo produce nuestra transformación es permitiendo circunstancias en nuestra vida para hacernos crecer espiritualmente. Si somos propensos a estallar en ira pecaminosa, se nos presentarán circunstancias que nos harán enojar. Si nos sentimos ansiosos con facilidad, tendremos muchas oportunidades para enfrentar el pecado de la ansiedad. Dios no nos tienta para que pequemos (Sant. 1:13-14), sino que permite circunstancias en nuestra vida que nos dan la oportunidad de hacer morir algún pecado sutil en particular que se ha convertido en una característica de nuestra vida. Romanos 8:28 es un versículo que muchos usamos para animarnos en tiempos difíciles. El “bien” del v. 28 se refiere al v. 29 donde habla de que seamos conformados a la imagen del Hijo de Dios. Esto significa que el Espíritu Santo está obrando en nuestra vida a través de las circunstancias que nos rodean para hacernos más semejantes a Cristo.

Entonces, al estudiar la siguiente sección de este libro donde veremos con detalle los pecados aceptables, consuélese. Recuerde que Cristo ya pagó por la penalidad de nuestros pecados y ganó el perdón de ellos. Después, envió a su Espíritu Santo a residir en nosotros para capacitarnos y enfrentarlos. Asimismo, esté preparado para humillarse.

Pecados Respetables: El Remedio Para el Pecado

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John Newton escribió un hermoso himno llamado, “Sublime Gracia.”  No obstante, en su juventud fue un comerciante de esclavos y capitán de una nave que los transportaba desde África hacia los Estados Unidos de América.  Por cuestiones de salud, renunció a la vida en alta mar y se hizo oficial de aduanas. Estudió teología y después se convirtió en ministro.  Pero aún siendo pastor, Newton nunca pudo olvidar la terrible naturaleza de su maldad cuando comerciaba con esclavos.  Al final de su vida compartió con un amigo:

“Estoy perdiendo la memoria, pero sí recuerdo dos cosas:

soy un gran pecador y

Cristo es un gran Salvador.”

Siglos antes, Saulo de Tarso se convirtió en el gran Apóstol Pablo pero también sentía culpable por haber cometido graves pecados.  Hechos 7:54-8:1 describe su complicidad en la lapidación de Esteban. Hacia el final de su vida, Pablo escribió que en su vida había sido “blasfemo, perseguidor e insolente” (I Tim. 1:13). Pero en este mismo contexto dijo I Timoteo 1:15.  John Newton y el Apóstol Pablo se percibían como grandes pecadores, pero con un grandioso Salvador.  La mayoría de los creyentes no podemos identificarnos con ninguno de ellos en cuanto a la gravedad de nuestros pecados pasados porque tal vez nunca hemos cometido adulterio, asesinado, traficado de drogas o estafado a la empresa donde trabajamos. Sin embargo, aunque no he cometido pecados grandes y escandalosos, sí he participado de chismes, he criticado a los demás, he albergado resentimientos, he sido impaciente y egoísta, he desconfiado en Dios en situaciones difíciles, he sucumbido al materialismo y aun he permitido que mi equipo favorito de fútbol se convierta en un ídolo para mí. Tengo que estar de acuerdo con Pablo en que soy el primero de los pecadores. O para parafrasear las palabras de John Newton: “Soy un gran pecador, pero tengo un gran Salvador”.

Tanto Pablo como Newton se describieron a sí mismos como pecadores, en el tiempo verbal presente. Ninguno de ellos dijo fui; más bien dijeron que soy. Podemos estar seguros de que desde que se convirtieron hasta que murieron, el carácter de Newton y Pablo se fue haciendo semejante al de Cristo. Pero el proceso de crecimiento involucraba ser cada vez más conscientes y sensibles a las expresiones pecaminosas de la carne que todavía influían en ellos. Por eso John Newton pudo decir: “Fui y todavía sigo siendo un gran pecador, pero tengo un grandioso Salvador”. Y cuando empecemos a confrontar nuestros pecados aceptables, podremos decir lo mismo.

El remedio de nuestro pecado, ya sea éste escandaloso o aceptable, es el evangelio en su aspecto más amplio. El evangelio es un mensaje; estoy usando la palabra evangelio para definir la obra completa de Cristo durante su vida, muerte y resurrección a favor nuestro y su obra actual en nosotros a través de su Espíritu Santo. Cuando hablo del evangelio en su aspecto más amplio, me refiero al hecho de que el Señor, en su obra a favor nuestro y en nosotros, nos salva del castigo del pecado, pero también de su dominio y poder reinante en nuestra vida. A partir del capítulo 7 trataremos específicamente los pecados respetables en nuestra vida. Pero antes de hacerlo, tenemos que examinar bien e evangelio. Esto es necesario porque:

En primer lugar, el evangelio solo es para pecadores (I Tim. 1:15). Pero la mayoría de los creyentes tienden a pensar que el evangelio es para los incrédulos, para los que necesitan ser “salvos”. Sin embargo, aunque somos verdaderos santos en el sentido de haber sido separados para Dios, todavía somos practicantes del pecado. Así que el primer uso del evangelio como remedio para nuestros pecados es labrar el terreno de nuestros corazones para que podamos ver nuestra iniquidad. Si estamos dispuestos a aceptar cada día nuestra condición de pecadores necesitados del evangelio, nuestro corazón que consideramos muy justo queda desprotegido y nos preparamos para enfrentar y aceptar la realidad de la impiedad que todavía reside en nosotros.

En segundo lugar, el evangelio so sólo nos prepara para enfrentar nuestro pecado; también nos libera para hacerlo. Generalmente, el hecho de reconocer nuestras iniquidades nos hace sentir culpables. Por supuesto, nos sentimos culpables porque lo somos. Nuestro instinto es tratamos de minimizarlo. Pero no es posible pretender resolver alguna manifestación particular de maldad, como la ira, hasta que reconozcamos abiertamente su presencia e influencia en nuestra vida. Así que necesitamos tener la seguridad de que nuestro pecado ha sido perdonado para comenzar a enfrentarlo y, claro, corregirlo después.  Necesitamos tener la seguridad de que ese [pecado] ha sido perdonado; es decir, que Dios ya no lo toma en cuenta. El evangelio nos provea esa seguridad (Romanos 4:7-8).  ¿Por qué Dios no nos inculpa de nuestro pecado? Porque es una deuda que Él ya puso sobre Cristo (Isaías 53:6). En la medida en que entendamos en lo profundo de nuestro ser esta gloriosa verdad del perdón divino de nuestros pecados a través de Cristo, quedaremos libres para enfrentar honesta y humildemente las manifestaciones particulares del pecado en nuestra vida. Por eso es útil afirmar cada día lo que Newton decía: “Soy un gran pecador, pero tengo un gran Salvador”.

En tercer lugar el evangelio nos motiva y da energía para enfrentar nuestro pecado. No es suficiente aceptarlo con honestidad. Para usar una frase de las Escrituras, significa que debemos hacerlo morir (Rom. 8:13; Col. 3:5). No podemos comenzar a enfrentar la actividad del pecado en nuestra vida hasta que hayamos lidiado con la culpabilidad que resulta de este. La seguridad de que Dios ya no nos inculpa de nuestros pecados produce dos cosas. Primero, nos asegura que Él está por nosotros y no contra nosotros (Rom. 8:31). Dios no nos está mirando desde su trono celestial diciendo “¿Cuándo  vas a cambiar? ¿Cuándo comenzarás a erradicar ese pecado?” Más bien, Él viene a nuestro lado diciendo: Vamos a enfrentar este pecado, pero mientras tanto quiero que sepas que no te inculpo por él.” Dios ya no es nuestro Juez; ahora es nuestro Padre celestial, quien nos ama con un amor infinito. Y aún más, la seguridad de que Dios ya no nos inculpa de pecado y que Él está con nosotros en nuestra lucha contra este, nos produce una mayor gratitud por lo que ya ha hecho y está haciendo a favor nuestro a través de Jesucristo.

Entonces, esta es la primera parte de las buenas nuevas del evangelio.