Pecados Respetables: La Malignidad del Pecado

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¡Cáncer! Es una palabra aterradora que provoca una sensación de desmayo y, en muchas ocasiones, desesperanza. Otro término para describir el cáncer es malignidad.  En el ámbito médico esa palabra describe un tumor que tiene un extraordinario potencial para crecer y se expande invadiendo los tejidos contiguos. Sistemáticamente provoca metástasis en otros lados del cuerpo. Si se le deja sin atender, la malignidad tiende a infiltrarse y extenderse por todo el cuerpo. Finalmente, provoca la muerte. No nos sorprende entonces que el cáncer y la malignidad sean palabras tan temibles.

El pecado es una malignidad espiritual y moral. Si se la deja sin control, puede diseminarse por todo nuestro interior y contaminar todas las áreas de nuestra vida. Y lo que es peor, con toda seguridad provocará una “metástasis” a partir de nosotros y se extenderá hacia los creyentes que nos rodean. Nadie vive en una isla espiritual o social. Nuestras actitudes, palabras, acciones y hasta nuestros pensamientos más íntimos, afectan a nuestro prójimo.

Nuestra manera de hablar, sea acerca de otros o con ellos, destruye o edifica a los demás (Efesios 4:29). Nuestras palabras pueden corromper la mente de los oyentes o pueden impartirles gracia. Ese es el poder de nuestro hablar. Sin embargo, el pecado es mucho más que un hecho… es un principio o fuerza moral que se anida en nuestro corazón y ser interior. El Apóstol Pablo llama a este principio la carne (o naturaleza pecaminosa). Pablo habla de ella como si se tratara de una persona (Romanos 7:8-11; Gálatas 5:17).

La siguiente es una verdad que necesitamos entender muy bien:

Aunque nuestros corazones han sido renovados y hemos sido liberados del dominio absoluto del pecado, y aunque el Espíritu de Dios mora dentro de nuestro cuerpo, el principio del pecado todavía nos acecha por dentro y libra una guerra contra nuestra alma.

Si no reconocemos esa realidad desastrosa, estamos abonando una tierra fértil donde crecerán y florecerán nuestros pecados “respetables” o “aceptables.” Los que somos creyentes tendemos a evaluar nuestro carácter y conducta con base en el comportamiento moral de la cultura en que vivimos. Puesto que por lo general vivimos bajo una norma moral más alta que la de la sociedad, es muy fácil sentirnos bien con nosotros mismos y asumir que Dios siente exactamente lo mismo. Nos resistimos a reconocer la realidad de que el pecado todavía mora en nosotros.

El cáncer es una buena analogía para entender la manera en que opera el pecado en nuestra vida, especialmente cuando nos referimos al que aceptamos y consentimos. El pecado aceptable es sutil en el sentido de que nos engaña al pensar que no es tan malo o haciéndonos creer que no es pecado. Piense en los pecados que consentimos como impaciencia, orgullo, resentimiento, frustración y auto-conmiseración. ¿Le parecen odiosos y perniciosos? Tan peligroso es tolerar esos pecados en nuestra vida espiritual como ignorar el cáncer que ha invadido nuestro cuerpo.

Hasta ahora hemos visto al pecado desde el punto de vista de cómo nos afecta. Vimos su tendencia maligna en nuestra vida y en la de nuestro prójimo. Sin embargo, el tema más importante es cómo nuestro pecado afecta a Dios. Alguien ha descrito al pecado como una traición cósmica. Si esto parece una exageración, considere un momento lo que significa la palabra transgresión en la Biblia, en especial en Levítico 16:21. Su significado es rebelión contra la autoridad, en este caso, la del Señor. Así que cuando digo un chisme, me estoy rebelando contra Dios. Cuando albergo resentimiento contra alguien en vez de perdonar en mi corazón, estoy en franca rebelión contra él.

En Isaías 6:1-8 el profeta tuvo una visión acerca de Dios en su grandiosa majestad. La triple repetición de la palabra santo (v. 3) se dice que Dios es infinitamente santo. Cuando se usa para describir a Dios, el término santo habla de su majestad infinita y transcendente. Describe su soberanía para reinar sobre toda la creación. Por lo tanto, cuando pecamos, es decir, cuando violamos la ley divina en cualquier forma, ya sea que la consideremos leve o no, nos rebelamos contra su soberana autoridad y su transcendente majestad. Para decirlo en pocas palabras, nuestro pecado es un atentado contra el reino majestuoso y soberano de Dios.

Observe el uso de la palabra menospreciar en los versículos 2 de Samuel 12:9-10. Podemos ver entonces que el pecado es menosprecio de la ley divina. Pero también entendemos que menospreciar la ley del Señor significa despreciarlo a Él. Por tanto, cuando nos permitimos cometer cualquiera de los así llamados pecados aceptables, no solamente damos evidencia de rechazar la ley divina, sino que al mismo tiempo menospreciamos al Señor. Dios conoce nuestros pensamientos (Salmo 139:1-4). Esto significa que toda nuestra rebelión, el menosprecio de Dios y su ley, la tristeza que provocamos al Espíritu Santo, la presunción de su gracia y todos nuestros pecados, se llevan a cabo ante la presencia de Dios. El Señor perdona nuestro pecado porque Cristo derramó su sangre por él, pero no lo tolera. Más bien, cada transgresión que cometemos, aun el pecado sutil en el que ni pensamos, fue puesto sobre Cristo al llevar en sí la maldición de Dios en nuestro lugar. Por sobre todas las cosas, en esto es en lo que radica la malignidad del pecado. Cristo tuvo que sufrir por causa de él.

Pecados Respetables: La Desaparición del Pecado

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En un libro escrito en el año 1973 llamado Whatever Became of Sin? (¿Qué Sucedió con el Pecado?), el autor Karl Menninger escribió: “La palabra ‘pecado’, que parece haber desaparecido de nuestro vocabulario, fue un término orgullosos, muy fuerte, siniestro y grave… Pero la palabra se ha ido. Casi ha desaparecido por completo; tanto ella como lo que evoca. ¿Por qué? ¿Será que nadie peca? ¿O será que ya nadie cree en el pecado?” El autor Peter Barnes escribió lo siguiente en un artículo titulado, “What! Me? A Sinner?” (“¡Cómo! ¿Yo? ¿Un Pecador?”): En la Inglaterra del siglo veinte, C. S. Lewis escribió: ‘El obstáculo que más encuentro es el total desconocimiento que tienen acerca del pecado quienes me escuchan; no tienen la más mínima noción de lo que este significa.’ Y en el año 2001, el erudito en el Nuevo Testamento D. A. Carson comentó que el aspecto más frustrante de evangelizar dentro de las universidades es que los alumnos no tienen idea de lo que es el pecado, ‘Saben muy bien cómo cometerlo, pero no entienden lo que significa.’” Estas citas sólo confirman lo que es muy claro a la vista de los observadores: El pecado y todo lo que representa, literalmente ha desaparecido de nuestra cultura.

Lamentablemente, la idea del pecado también ha desaparecido de muchas iglesias. De hecho, hemos dejado de usar en nuestro vocabulario las palabras bíblicas fuertes acerca del pecado. La gente ya no comete adulterio, ahora tiene una aventura. Los ejecutivos de las compañías no roban, sólo cometen fraudes. En nuestras iglesias conservadoras, en muchos casos la idea del pecado se aplica sólo a aquellos que cometen pecados tan flagrantes como el aborto, la homosexualidad y el homicidio, o los crímenes escandalosos de los ejecutivos de empresas. Es muy fácil condenar a quienes cometen esos pecados tan obvios y al mismo tiempo ignorar nuestros propios pecados de chisme, orgullo, envidia, amargura y lujuria.

Es común observar que estamos más preocupados

por el pecado de la sociedad

que por el que cometemos los santos.

De hecho, con frecuencia nos permitimos cometer lo que llamo pecados “respetables” o “aceptables sin ningún remordimiento. Es muy fácil salirnos por la tangente diciendo que estos últimos pecados no son tan malos como los más vergonzosos de nuestra sociedad. Pero Dios no nos ha dado autoridad para establecer distinciones entre los pecados (Santiago 2:10).

Acepto que algunos pecados son más graves que otros. Según nosotros, es preferible que nos culpen de haber mirado a una mujer con lujuria, a que nos acusen de adulterio (Mateo 5:27-28). Creemos que es preferible enojarnos con alguien que matarlo. Pero el Señor dijo que el que asesina o se enoja con su hermano es igualmente culpable de juicio (Mateo 5:21-22). Según nuestros valores humanos con sus leyes civiles, consideramos que hay una gran diferencia entre un “ciudadano que cumple la ley” y que ocasionalmente recibe una multa de tránsito, con alguien que vive una vida “sin ley”, en desacato y abierta rebeldía a todas las leyes. Pero la Biblia no hace tal diferencia entre personas. Más bien, simplemente dice que el pecado, sin excepción, es infracción de la ley (1 Juan 3:4).

En la cultura griega, la palabra pecado significaba originalmente “errar al blanco”, es decir no atinarle al centro del blanco. Hay algo de verdad en esa idea en la actualidad. Sin embargo, en muchas ocasiones nuestros pecados no se deben a nuestro fracaso por lograr algo [el blanco], sino a la ambición interna de satisfacer nuestros deseos (Santiago 1:14). Decimos un chisme o codiciamos porque el placer momentáneo es mayor que nuestro deseo de agradar a Dios.

El pecado es pecado. Aun los que toleramos en nuestra vida. Todos son graves delante de los ojos de Dios. Nuestro orgullo religioso, la crítica, el vocabulario agresivo contra los demás, la impaciencia y el enojo; aún nuestra ansiedad (Filipenses 4:6). Todos estos son pecados graves delante del Señor.  Solo la obediencia perfecta cumple el elevado estándar de la ley (Gálatas 3:10). Cristo fue hecho maldición por nosotros para redimirnos de la maldición de la ley (Gálatas 3:13). Aún así, el hecho persiste: consentimos pecados en nuestra vida que parecen insignificantes pero que merecen la maldición de Dios.

Si esta observación parece muy ruda y punzante para aplicarla a todos los creyentes, permítame responder con rapidez diciendo que hay muchas personas piadosas y humildes que son las honrosas excepciones a esta regla. De hecho, la paradoja es que esas personas cuyas vidas reflejan mejor el fruto del Espíritu son las más sensibles y gimen internamente por los pecados “aceptables” que cometen. Pero también hay una gran multitud que está pronto para juzgar el pecado flagrante de la sociedad y que, sin embargo, permanece orgullosamente insensible a sus propios pecados. Y muchos de nosotros vivimos entre los unos y los otros. El punto principal es que todos nuestros pecados, son reprensibles a la vista de Dios y merecen castigo.

Pecados Respetables: Una Introducción

pecados respectablesUna introducción y base para nuestro estudio…

En el capitulo uno, hace mención de porque, a pesar del comportamiento que tenían los corintios, Pablo los pudo llamar “santos.” (1 Co. 1:2, 2 Co. 1:1). “En la actualidad, la palabra santo se usa muy poco fuera de la iglesia católica romana u ortodoxa.” Cuando referimos a una persona llamándole “santo” usualmente pensamos en una persona “amable y llena de gracia que lee su Biblia a diario, ora, y es conocida por sus buenas obras para los demás.” Esto nos lleva a preguntar, “¿cómo es que el apóstol Pablo pudo referirse a los caóticos creyentes de Corinto como santos?” “La respuesta radica en el significado que tiene esa palabra en la Biblia.”

La frase de Pablo “a los santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos,” provienen de la misma familia de términos griegos y significa literalmente “el que ha sido separado para Dios.” En español se diría algo así “a los separados en Cristo Jesús, llamados a ser separados.” Cada creyente verdadero ha sido separado o apartado por Dios, para él” (Tito 2:14; 1 Co. 6:19-20). Entonces, ¿cómo llegamos a ser santos, si no es por medio de nuestra conducta? “Si juntamos estos dos pasajes podemos entender el significado de un santo. Es alguien a quien Cristo compró con su propia sangre derramada en la cruz y lo ha separado para sí mismo para que sea de su propiedad.”

“¿Qué significa, entonces, estar separados o apartados?” “Cada nuevo creyente ha sido apartado por Dios, separado para él para ser transformado a la semejanza de su Hijo Jesucristo.” Así llegamos a entender como la Biblia puede referirse a cada creyente como un santo posicionalmente delante de Dios por los cambios realizados en su vida después de la salvación (2 Co. 5:17). Este cambio se describe de manera profética en Ezequiel 36:26.

No pasan muchos momentos cuando no pecamos en pensamiento, actitud, palabra o hecho. Es una tendencia de la carne, seguir los deseos engañosos de nuestro corazón (Gá. 5:17; 1 Pe. 2:11), estamos en un cambio progresivo que nunca termina en esta vida. Esto podemos usarlo como una excusa para seguir pecando, una tendencia de seguir haciendo lo malo, un pretexto para vivir en conformidad con nuestro pecado y así generar los pecados respetables. “La guerra constante entre la carne y el Espíritu que se describe en [estos pasajes] se libra todos los días en el corazón de todo creyente.”

De alguna manera todos somos parte de los corintios, santos llamados a ser santos, pues nuestro carácter, obras, pensamientos, motivaciones, actitudes demuestran la presencia de pecado. “Podríamos resumir la carta de Pablo con la siguiente declaración: ‘Ustedes son santos. Por favor, ¡Actuen como tales!” Todo pecado en nuestra vida, toda conformidad con el, toda pequeña acción, actitud, pensamiento que vaya acompañado de pecado, “es una conducta indigna de un santo, de un cristiano”, por lo tanto no hay pecado aceptable para los santos, no hay pecado que no ofenda a Dios. “Uno de nuestros problemas es que no estamos conscientes de que somos santos y mucho menos de la responsabilidad que conlleva esa nueva posición que exige que vivamos como tales.” Todo pecado va en contra de la santidad de Dios, va en contra de lo que es y se espera de nuestra santidad. “Así que sigamos adelante con nuestro estudio y hablamos del pecado y la forma en que negamos que existe en nuestra vida.”